—¡Si ese italiano es una buena persona!… Tengo la certeza de que le quiere á usted mucho.
Pero Canterac no podía admitir palabras conciliadoras.
—Es un hombre falto de tacto, que se empeña en atravesarse en mi camino… Esto acabará mal para él.
Entraron en la casa, y el marqués vino á saludarles en el recibimiento. Luego pasaron al salón, quedando los tres inmóviles, mientras Elena continuaba su canto como si no los hubiese oído llegar.
Otros dos invitados se encontraron frente á la casa: Robledo y Pirovani. Éste llevaba un gabán de pieles nuevo sobre el frac y se cubría con un sombrero de copa no menos flamante, pedido á Bahía Blanca por telégrafo, como si un duende familiar le hubiese avisado los malos comentarios de su amigo Moreno.
De los grupos de curiosos, medio ocultos en la sombra, partieron risas y cuchicheos. Unos se burlaban del tubo de seda brillante que el contratista se había puesto en la cabeza; otros lo admiraban con orgullo egoísta, como si el tal sombrero aumentase la importancia de la vida en el desierto.
—Vengo de visita á mi propia casa—dijo Pirovani con el deseo de que el otro admirase su generosidad.
—Ha hecho usted mal en cederla—se limitó á contestar Robledo.
El italiano tomó un aire de hombre superior.
—Convendrá usted en que su casa no era la más adecuada para que viviese en ella tan gran señora. Yo, aunque no he estudiado, conozco los deberes de un hombre de buena educación, y por eso…