Luego, pensando en sí misma, creyó necesario añadir:
—A decir verdad, la marquesa no debe tener muchos años… Pero ¿quién no resulta vieja al lado de usted, preciosura?… No todas podemos ser un botón de rosa.
Calló un momento para mirar á un lado y á otro; y después, bajando la voz y empinándose sobre las puntas de los pies para estar más cerca del rostro de Celinda, dijo con la alegría de una comadre que puede chismorrear libremente:
—Sepa, lindura, que muchos van detrás de ella; pero ninguno es don Ricardo. Al pobre gringo le basta con quererla á usted, ramito de jazmín. Los otros andan como avestruces detrás de la marquesa: el capitán, el italiano, el empleado del gobierno que lleva los papeles; ¡todos locos, y mirándose como perros!… Y el marido no ve nada; y ella se ríe de ellos y se divierte en hacerlos sufrir… Yo creo que ningún hombre de los que vienen á la casa le gusta.
Celinda no parecía tranquilizarse con tales palabras. Antes bien, protestó de ellas mentalmente, pensando: «Watson no puede ser comparado con los otros.»
Necesitó exteriorizar su pensamiento, y dijo á Sebastiana:
—Será verdad que no le gustan los demás; pero don Ricardo es más joven que todos ellos; y estas mujeres que han corrido el mundo y empiezan á ponerse viejas, ¡resultan á veces tan… caprichosas!
* * * * *
#IX#
El famoso Manos Duras vivía al borde de la altiplanicie, del lado de la Pampa, viendo enfrente el límite de la Patagonia, y á sus pies la amplia y tortuosa cortadura del río y un extremo de la estancia de Rojas.