El Japón de las ciudades tradicionales, de los bosques sagrados, de las pagodas y las leyendas religiosas, es todavía una realidad; pero no lo es menos el Japón de los grandes centros industriales, de las masas obreras que copian las organizaciones y reivindicaciones de los trabajadores de otros países. El socialismo tiene cada vez más adeptos en los centros industriales del Japón. Hay que imaginarse lo que pueden ser en el porvenir los jornaleros japoneses si dedican á las doctrinas revolucionarias el entusiasmo tenaz, el desprecio á la vida y la escasez de necesidades con que sus ascendientes sirvieron al Mikado.
La organización tradicional todavía es muy fuerte y con hondas raíces, pero resulta indudable que sus directores han perdido la confianza y la tranquilidad de otros tiempos. El gobierno japonés y sus funcionarios dan frecuentemente la prueba de esta inseguridad que les impulsa á emplear procedimientos indignos de un país salido de la barbarie. La policía ha matado á varios japoneses propagandistas del socialismo y á otros individuos, simplemente por pertenecer á las familias de aquéllos.
Un socialista famoso del Japón fué asesinado, estando en la cárcel, por un capitán de gendarmería, y tan escandaloso resultó el crimen, que los tribunales condenaron á varios años de presidio á su autor, aunque excusaron en parte su delito y la lenidad de su propia sentencia declarando que había matado «por desorientación moral, creyendo hacer un bien á su país».
Además, ya existen japoneses que disparan contra el Mikado. El penúltimo emperador, verdadero padre de la patria actual, fué objeto de una tentativa de asesinato político, á pesar de su gloriosa historia.
Estando yo en Nara leo la noticia de que un obrero acaba de disparar un pistoletazo contra el príncipe regente, que es en realidad el emperador.
Hay que haber vivido en este país para darse cuenta con exactitud de lo que significan tales atentados. El emperador es el nieto de los dioses y habla con ellos frecuentemente.
Hasta hace pocos años no se mostraba nunca en público. Seguía la tradición de sus antecesores, que iban escoltados por guerreros de dos sables y si un japonés osaba acercarse al emperador para conocerlo sentía inmediatamente su cabeza desprenderse de los hombros. Aun en la época actual, el representante del Mikado sólo se deja ver en público muy de tarde en tarde... Y cuando esto ocurre, siempre hay algún japonés que tira contra él.
Es como si el Papa se decidiese á salir de su retiro del Vaticano para hacer un viaje por la Vendée ó las Provincias Vascongadas, y el hijo de un antiguo devoto lo saludase con varios tiros de revólver, apuntando á la cabeza.
XXIV
LA ISLA DONDE NADIE NACE NI MUERE
Osaka y su población industrial.—El famoso Mar Interior.—La isla de Myajima, donde nadie nace y nadie muere.—Ni perros, ni automóviles, ni telégrafo, ni luz eléctrica.—El dulce rincón de la paz y la vanidad patriótica.—El príncipe heredero de Corea, su esposa y su séquito.—Embarque bajo la nieve.—Adiós al Japón insular.—La terrible ironía del Pacífico.