El funcionamiento de las esclusas es maravilloso por su rapidez; tiene la velocidad casi instantánea de las mutaciones escénicas; los buques ascienden, como los personajes de teatro, por un escotillón. Sube el nivel del agua vertiginosamente en las cerradas balsas cuadrangulares, y los dos buques se elevan sobre la superficie marítima en la que flotaban poco antes. Su ascensión aumenta al pasar al segundo rellano acuático, luego al tercero, quedando finalmente á unos veinticinco metros sobre el nivel del mar.

Estas esclusas tienen más de 300 metros de longitud, 33 de ancho y 21 de profundidad, dimensiones que permiten ampliamente el paso de los navíos más enormes construídos hasta el presente. Unas locomóviles eléctricas tiran de los buques desde la ribera y los guían á través de las esclusas. Como éstas se hallan superpuestas formando tres rellanos, los pequeños demonios eléctricos corren por los taludes desafiando las leyes de la gravedad, saltan, se agarran al suelo como insectos, trepan casi verticalmente para pasar de un plano á otro.

Nada de humo ni de mugidos de vapor. Se adivina en torno la presencia de una fuerza silenciosa é irresistible, semejante á las energías que laten ocultas en la corteza terrestre. El manojo de cables que corre á un lado y á otro del canal guarda y regula las energías producidas por enormes fábricas de flúido eléctrico.

Vemos en las orillas estos edificios y otras construcciones destinadas á las necesidades del continuo tránsito: depósitos de carbón y de petróleo, atarazanas, talleres de fundición y de reparaciones, depósitos de útiles marítimos, almacenes frigoríficos, mataderos, fábricas de hielo, enormes lavanderías. Algunos grupos de edificios están cerca de los muelles de acero y hormigón; otros se alzan tierra adentro, medio ocultos por los bosques de cocoteros y palmeras. Los buques que cruzan el canal pueden ser reparados antes de lanzarse á uno de los dos Océanos y proveerse igualmente de toda clase de abastecimientos.

En los sitios tenidos por estratégicos hay aglomeraciones de casas de madera con extensas galerías, sobre cuyas techumbres flota la bandera de los Estados Unidos. Son cuarteles-pueblos, donde viven los militares norteamericanos y sus familias, con todas las comodidades y amplitudes que da la gran República á sus defensores, además de pagarlos espléndidamente.

Ocho mil hombres guarnecen el canal, y durante la última guerra llegaron á ser trece mil. Las baterías invisibles que defienden sus dos bocas están artilladas con las piezas más enormes conocidas hasta el presente. Las tropas acuarteladas en las dos orillas no salen nunca de la zona que pertenece á los Estados Unidos, cinco millas por cada lado. La pequeña República de Panamá lleva una existencia independiente y digna, sin sufrir intrusiones ni arrogancias de las autoridades americanas del canal. Éstas se limitan á vigilar y guardar este paso interoceánico tan precioso para la seguridad de su propio país y jamás saltan los límites territoriales que marcó un tratado. Muy al contrario de lo que creen muchos, tal vecindad resulta provechosa á los panameños, pues algo gana el pobre cuando tiene intereses comunes con un rico, y el continuo trato de ellos con los americanos influye visiblemente en la cultura y el progreso de la nación.

Después de las tres esclusas de Gatún, el Franconia entra en el lago de este nombre. El famoso río Chagres, que tanto utilizaron los españoles durante tres siglos, cuando pasaban el istmo para ir al Perú y á Chile, ha sido embalsado por los constructores del canal, deteniendo sus aguas para hacer más alto el nivel del lago y dar mayor profundidad á su navegación. Dicho lago se extiende con más ó menos amplitud 38 kilómetros, hasta llegar á Gamboa, siendo la parte del canal que menos esfuerzos ha costado. En ella, más que excavar, lo necesario fué inundar las tierras.

Es en Gamboa donde empieza la obra más difícil y terrible, el corte de la cordillera, columna vertebral del istmo, el famoso Paso de Culebra, donde tantos hombres perecieron. Este desfiladero acuático se extiende hasta las esclusas llamadas de Pedro Miguel, por el nombre de un pueblo cercano, y aquí termina la meseta y empieza la escalinata del lado opuesto. Nuestra nave descenderá allí un tramo, ó sea las esclusas de Pedro Miguel, bajando al lago de Miraflores, que está todavía á 16 metros sobre el mar. Al final de este lago las esclusas de Miraflores lo harán descender al nivel del Pacífico, y navegando 13 kilómetros en una vía sin obstáculos, pasará por la moderna ciudad de Balboa, donde los norteamericanos tienen establecidos los centros más importantes del canal, y por la antigua ciudad de Panamá, cortando al fin con su proa las aguas del más grande de los Océanos, después de una travesía que sólo dura unas ocho horas.

Están reglamentadas tan minuciosamente las funciones necesarias para el paso de los buques, sin un movimiento inútil, sin desperdiciar un minuto, que el tráfico resulta incesante en esta avenida interoceánica. Cuando la flota de guerra de los Estados Unidos—única que rivaliza con la de Inglaterra—pasó hace poco tiempo el canal de Panamá, bastaron veinticuatro horas para que docenas de enormes acorazados, con su acompañamiento de cruceros y torpederos, se trasladasen del Atlántico al Pacífico, viaje que antes les costaba semanas y semanas de navegación, dando la vuelta á toda la América del Sur por el cabo de Hornos.

Avanzamos con lentitud, pero continuamente, por esta zanja enorme de agua dulce tendida como un guión entre los dos Océanos. Formamos parte de la doble fila de buques que va y viene por ambas orillas, como los carruajes marchan al paso por una calle, rozando las dos aceras. Los nombres de estos buques, su procedencia y su destino, indican la importancia y la necesidad de una obra que ha cambiado la geografía y el comercio del mundo. Vapores tan grandes como el nuestro van directamente de Londres ó de Nueva York á las repúblicas de lengua española que florecen en las orillas del Pacífico y antes sólo podían estar en contacto con el resto de la tierra valiéndose del rodeo enorme por el estrecho de Magallanes ó del penoso transbordo en el istmo de Panamá, todavía intacto.