Han arrojado una pelota de fútbol en medio de la pradera, y los elefantes se mueven con una ligereza extraordinaria, dada la pesadez de su especie, enviándose aquélla con la trompa y recogiéndola igualmente antes de que toque el césped. Las evoluciones de este juego nos hacen ir de un lado á otro, deseosos de no perder detalle y evitando al mismo tiempo que nos pille un pie cualquiera de estas patas redondas como torres que dejan profundas huellas en la hierba.
Unos trabajadores de la ciudad traen pesados maderos, y estos animales los manejan con su trompa á la voz de mando de sus conductores. Dos de ellos agarran un largo tronco por sus extremos para subirlo y bajarlo acompasadamente. Otros trabajan solos y un madero de varios quintales lo hacen girar con la ligereza de un bastoncillo.
Llama mi atención la muchedumbre que se ha ido aglomerando en torno á la pradera. Los naturales de Rangoon, siempre ociosos y callejeros, sienten excitada su curiosidad por esta fiesta extraordinaria.
Las mujeres no muestran interés por los elefantes y siguen su camino, dando chupadas al enorme cigarro. Los hombres miran tales juegos con un entusiasmo infantil.
Casi todos estos varones son de gran belleza física. Aquí empieza á verse el hombre blanco, perfectamente blanco, que existe en la India entera, mezclado con otros indostánicos cobrizos y casi negros. Representa el tipo ario ideal, que tal vez sólo existió en la imaginación de algunos autores.
Vestidos con una especie de sábana blanca arrollada lo mismo que una toga, recuerdan las figuras escultóricas de la antigüedad helénica. Todos llevan pendientes, pero con una abundancia que no deja sin aprovechamiento ninguna de las prominencias de su rostro. Empiezan por colgarse dos de cada oreja: uno en el lóbulo y otro en lo alto del pabellón auricular. Después de colocados estos cuatro adornos todavía sitúan en su cara un quinto pendiente, colgándolo de una aleta de sus narices ó de un agujero que perfora su tabique central. Además, estos hombres, blancos y hermosos, que no tienen ningún aspecto femenino, y cuyo perfil aguileño recuerda el de muchos héroes, llevan la cabellera larga y enroscada en forma de rodete sobre la cúspide de su cráneo.
El ansia de ver mejor les hace avanzar, estrechando su círculo, quitando terreno al escenario de la fiesta, y lo que es más grave, mezclándose, no obstante su inferioridad de raza, con todos nosotros. Presiento que esto va á acabar mal.
La autoridad anglo-india no puede tolerar un olvido tan insolente de la diferencia de castas. Acompañando á nuestros grupos se mueven dentro del jardín varios policías indostánicos, barbudos y con turbante. Igualmente vienen con nosotros desde que desembarcamos, ciertos individuos de casco blanco y vestimenta civil, que tienen la tez sucia del mestizo y su aire vanidoso. Como bastón llevan un vergajo. Son de la policía secreta.
De pronto se dan cuenta de este avance del público indígena y marchan contra él dando gritos de cólera. Empujan á los grupos, y á pesar de que retroceden obedientes, levantan sus vergajos para acelerar la retirada general, repartiendo golpes á mansalva.
Los hombres más hermosos y esbeltos de la tierra huyen murmurando protestas, cual si fuesen niños. Sus vestiduras blancas aletean ridículamente con la precipitación del miedo. Un poco más allá vuelven á detenerse con pueril indecisión, temiendo los garrotazos de sus compatriotas al servicio de los ingleses, pero sin querer privarse de presenciar los juegos de los elefantes.