Uno de los servidores del templo, mediante una propina extraordinaria, nos abre cierto santuario que puede llamarse secreto. En otros tiempos sólo lo veían los emperadores, y ahora, para entrar en él, hay que aprovechar la ausencia de los bonzos más importantes. Este pequeño y misterioso escondrijo contiene varias imágenes fálicas, traídas del Tibet hace siglos, que representan el acto de la procreación con un naturalismo sin tapujos. Además, el sacristán budista nos proporciona las señas de ciertos artífices chinos que venden reproducciones en bronce de estas esculturas divinas, tan solemnemente ingenuas, que á pesar de sus gestos no resultan pornográficas.
Otro de los servidores, decrépito y vacilante, como todo lo que nos rodea, cuenta con balbuceos, traducidos por nuestro intérprete, la historia milagrosa de un Buda de cara feroz que toca el techo con su cabeza. Todo él está tallado en un árbol del Tibet. Un emperador de Pekín vió en sueños la imagen, y envió á un santo bonzo á la remota ciudad tibetana para saber si realmente existía. El hombre de Dios encontró la imagen en Lassa, y sin vacilar se la echó á cuestas, emprendiendo el regreso á la China. (Necesito advertir que la imagen es un coloso de varios metros de altura y pesa indudablemente una cantidad respetable de toneladas. Pero en materia de milagros deben pasarse por alto estos pequeños detalles.) En su viaje de vuelta tuvo que atravesar el bonzo la Siberia rusa, y como no conocía el idioma del país se vió en grandes peligros. Pero el Buda que llevaba á sus espaldas era poseedor de todos los idiomas de los hombres y se encargó de hablar en ruso por él, sacándolo de apuros.
A pesar de la pobreza mental de sus actuales habitantes, este monasterio despierta gran interés cuando se recuerda lo que representó para China, hace muchos siglos, la introducción del budismo. La nueva religión despertó la vida espiritual del país. Numerosos chinos, ansiosos de saber, emprendieron largas y penosas peregrinaciones hacia el remoto Tibet, donde eran guardados en toda su pureza los recuerdos y las doctrinas de Buda. Tuvieron que atravesar países bárbaros, siempre en guerra; arrostraron la esclavitud y la muerte, y tales viajes emprendidos con un fin puramente teológico sirvieron para aportar á la cerrada China nociones geográficas y relatos de costumbres de otros pueblos, hasta entonces desconocidos.
En las inmediaciones del templo del Gran Lama existe el de Confucio y su anexo llamado el Salón de los Clásicos.
Confucio es el primero de los chinos. De los quinientos millones de seres que pueblan este país, muy pocos recuerdan los nombres de sus emperadores, ni aun los de aquéllos que figuran gloriosamente en su historia. Pero ninguno ignora quién fué Kung-Tsé, nombre chino de Confucio. No hay ejemplo de que un varón ilustre de Occidente haya llegado á una celebridad tan absoluta. En este país, donde cargos y honores no son transferibles, y los herederos de los mandarines más poderosos vuelven á sumirse en las últimas capas sociales si no logran á su vez conquistar por el estudio y el examen la posición de sus padres, la única nobleza reconocida es la de los descendientes de dicho filósofo. La República, que se muestra ajena á todas las religiones del país, ha acrecentado aún más la fama de Confucio, tributándole un culto nacional. En ningún pueblo se vió jamás rendir tales honores á un moralista, conservandole su condición simple de hombre, sin pretender convertirlo en hijo de Dios.
En realidad, el pueblo chino, á pesar de su rutinarismo, fué siempre el más respetuoso para la inteligencia, y este respeto viene durando miles de años, sin ningún eclipse. Los invasores mogoles y manchures eran bárbaros de á caballo, que sólo creían en la fuerza y encontraban insípida la existencia sin las aventuras y peligros de la guerra. Y sin embargo, para poder reinar sobre tan vasto Imperio, tuvieron que amoldarse á las costumbres tradicionales, dejando que marchasen en su cortejo los mandarines letrados á la derecha y los mandarines militares á la izquierda.
Los antiguos ejércitos chinos hasta tenían una organización literaria. Los jefes y oficiales se titulaban, según sus grados, «doctores en armas» y «bachilleres». Para ser bachiller bastaba manejar hábilmente el sable, la espada y la ballesta, dando pruebas, en un riguroso examen, de estar ejercitados igualmente en la equitación y la gimnasia. El grado de doctor sólo se otorgaba á los que poseían conocimientos profundos de estrategia y eran capaces de dirigir un ejército y atacar ó defender una plaza.
Mostraron los emperadores tártaros gran empeño en dar el primero de los lugares á los «graduados en armas», pero no pudieron conseguirlo. La opinión pública estableció siempre una diferencia entre los doctores civiles y los doctores militares, respetando más á los primeros. Muchos siglos antes de Cicerón, este pueblo había puesto en práctica su Cedant arma togoe.
Confucio tiene un predecesor, el moralista Lao-Tseu ó Laotsé. Este espíritu puro y superior vivió seiscientos años antes de nuestra era y un siglo antes que Confucio. Pero Laotsé tuvo la desgracia de dar motivo después de muerto á una religión de supersticiones y magias que es la seguida por el populacho chino, y esto ha rodeado su memoria de un sinnúmero de leyendas que la desfiguran de un modo lamentable. El fondo del llamado taoísmo es una filosofía que recomienda el anonadamiento de las pasiones materiales, el alejamiento de los placeres del mundo, la contemplación de la naturaleza divina para confundirse con ella, como las aguas de una fuente vuelven al mar del que proceden.
No creó Confucio una religión, pero su vida pura sirve de ejemplo á todos los chinos. En las escuelas se repiten sus aforismos morales y sus cantos elegíacos, pues este filósofo fué al mismo tiempo un poeta y un amante apasionado de la música.