Reanudamos nuestra existencia de navegantes. Sentimos un placer familiar al repetir las comidas, los paseos, todos los episodios algo monótonos de la vida sana y ampliamente respirada que llevamos á través de las soledades del Pacífico. El viaje de Shanghai á Hong-Kong por el mar Amarillo resulta comparable á los paseos que se dan por el interior de la propia casa sin encontrarse solo un momento. No existe un mar más poblado que el de la China. Por todas partes se ven grandes juncos de cabotaje y barcas de pesca. La sirena del Franconia tiene que rugir á cada momento para dar aviso á los carabelones que navegan pesadamente delante de su proa, sin que parezcan enterarse del peligro. Es algo igual á la marcha de un automóvil por una avenida en la que abundan los transeuntes sordos y distraídos.

Se explica tan enorme cantidad de velas por la importancia que ha tenido siempre en China la vida marítima. Su arquitectura naval resulta semejante á la nuestra de la Edad Media. Los buques son más altos de popa que de proa y los mueve un velamen primitivo. Estos cascos enormemente panzudos y de poco calado se sostienen por su anchura, y como les falta profundidad, navegan balanceándose de tal modo que el observador cree á cada momento en una catástrofe. Con esto queda dicho lo malo de la marina china. Añadamos que ningún pueblo de la tierra posee tantos navegantes y tantos buques. Los juncos y sampanes son incontables. La cantidad de chinos que viven sobre el agua, en mares y ríos, asciende á millones. Como todos ellos llevan á sus familias, las generaciones nacidas sobre el agua se suceden sin interrupción, y hay todo un mundo que puede llamarse anfibio, refractario á la vida terrestre, el cual encuentra agradable la existencia sobre estos buques de forma milenaria.

De día nuestro paquebote avanza rodeado de juncos que se balancean con la grotesca inestabilidad del ebrio, á pesar de que la agitación de las olas casi es nula. Todos marchan con el mismo rumbo, pues aprovechan periódicamente los vientos para sus viajes en masa hacia el Sur ó hacia el Norte.

La vista de estos buques iguales á las carabelas y galeones del descubrimiento de América nos hace evocar la dura existencia de los navegantes españoles y portugueses en el siglo XVI. Mientras la cubierta del Franconia permanece inmóvil, como si fuese un fragmento de tierra firme, estas escuadrillas de otros siglos avanzan hacia el Sur balanceándose y cabeceando con un movimiento llamado de tornillo. Esto nos hace comprender cómo en la época de los grandes descubrimientos españoles raro era el marino, por larga que fuese su historia de hombre de mar, que no acababa mareándose. Muchas de las citadas descubiertas fueron hechas por tripulaciones que estaban completamente «almadiadas», nombre que dan al mareo los pilotos de aquella época en sus libros de navegación.

De noche todo el mar está poblado de luces, como si se diese sobre él una fiesta. Cada junco lleva un farol. Además, en el interior de su popa siempre va un pequeño altar dedicado á los espíritus marítimos, ante el cual encienden lámparas los tripulantes ó queman varillas olorosas.

Según afirman los capitanes blancos, no existe marino más admirable que el chino por su desprecio al peligro. Todo lo que flota le sirve para embarcarse tranquilamente. Metidos en una especie de artesa hecha con cuatro tablas y empujada por una vela de fibras vegetales, se lanzan mar adentro, perdiendo de vista las costas. Y esto lo hacen en uno de los mares más peligrosos del planeta por los ciclones que barren su agitada extensión. Todos los años hay tornados que en menos de una hora suprimen centenares de juncos y sampanes. Pero el huracán mortífero sólo perturba por unos días las navegaciones de este pueblo acostumbrado á las catástrofes. ¡Hay tantos chinos!... La fecundidad de la raza lucha con las cóleras del Océano, con las inundaciones homicidas de los ríos, con las epidemias, con los temblores del suelo, y acaba por triunfar, considerando un episodio ordinario la pérdida de algunos centenares de miles de seres.

Un día antes de la llegada á Hong-Kong presencio un espectáculo inaudito, algo que no habría creído nunca de no haberlo visto. Estamos entre la isla de Formosa y la costa china, cerca del pequeño archipiélago designado con el nombre español de Pescadores. En dicho estrecho menudean los tornados, y los más de los días, aunque las condiciones atmosféricas sean buenas, el oleaje resulta violento para los buques pequeños. Poco después de la salida del sol noto que algunos marineros del Franconia se avisan y corren á un costado del buque. Necesito concentrar toda mi energía visual y seguir las indicaciones de ellos para contemplar finalmente el extraordinario espectáculo. Tres chinos medio desnudos vienen hacia nosotros, de pie sobre las olas; unas olas altas, de largas pendientes, que los ocultan en sus profundos valles y los elevan de nuevo unos momentos para hacerlos desaparecer otra vez. Sólo cuando pasan cerca de nuestro buque, ó mejor dicho, cuando el Franconia en su avance llega al nivel de ellos, es cuando me doy cuenta de que los tres van sobre un bote que más bien merece el título de ataúd, embarcación de tres metros de largo que asoma sobre las olas unos cuantos centímetros de borda. Como este barquichuelo va lleno de agua, apenas si se nota su reborde negro por encima del mar. Bogan apresuradamente. De vez en cuando abandona el remo uno de ellos y se dedica á vaciar la obscura artesa. Y así marchan sobre el rudo oleaje del estrecho, que esta mañana hace balancearse al Franconia.

No podemos adivinar adónde se dirigen. Por todos lados se ve agua. A esta hora matinal no se distinguen las costas de la China ni de Formosa, y aun en el caso de que se dejaran ver, no serían mas que montañas de vagoroso azul esfumado por una distancia enorme. Tal vez son marineros que han salido de alguno de los juncos que se acuestan y se levantan en el horizonte y van tranquilamente hacia otro junco lejano.

El oficial que está de guardia en el puente del Franconia sonríe celebrando esta audacia y afirma que los chinos serían los primeros marineros del mundo si tuviesen quien supiera mandarlos. Los tres remeros han pasado ante nuestro paquebote sin torcer la cabeza para mirarlo; nos vuelven la espalda con una indiferencia majestuosa. Los vemos subir y bajar sobre las inquietas montañas de agua. A cada nueva aparición resultan más pequeños. La marcha del Franconia en sentido inverso los aleja con extraordinaria rapidez, como si sus golpes de remo tuviesen una potencia mágica. Ellos y su féretro navegante no son mas que un pequeño tapón que se envían las cumbres azules al hincharse y desplomarse; luego un punto; después nada. Parece que se los haya tragado el mar. Viendo esta atrevida inconsciencia se comprenden las aventuras y hazañas de los piratas amarillos de otros siglos, que tantas veces pusieron en peligro la vida del Imperio.

Llegamos á Hong-Kong á los tres días de nuestra salida de Shanghai. Esta posesión inglesa ocupa una gran isla de las muchas que emergen sobre el enorme estuario que forma al desembocar en el Océano el río Perla, ó sea el río de Cantón. Entre dicha isla y la península de Kowloon, situada enfrente, se abre una bahía famosa en el mundo por su belleza. Solamente la de Río Janeiro y la de Sydney en Australia pueden compararse con ella.