Varios chicuelos de las casas inmediatas se han acercado, atraídos por nuestra presencia. Balancea la brisa matinal las campanillas verdosas, sacando de su bronce centenario melodías lejanas y débiles, semejantes á las de un reloj con música. La vaquita de los cuernos verdes muge al sentirse olvidada y olisquea nuestras manos con la esperanza de un regalo. El «San Pedro» indostánico, como si conociese de pronto las preocupaciones pudorosas del mundo occidental, intenta alejar á los muchachos. Les habla, les grita, pero como ellos no pueden comprender tales escrúpulos, siguen contemplando lo que han visto toda su vida, y el guardián desiste de su severidad.
Algunos indígenas, vendedores de fotografías, surgen de las callejuelas inmediatas para ofrecernos sus colecciones que representan las diversas escenas del friso. Noto la diferencia entre el desnudo indostánico tal como aparece en las obras artísticas y como es en la realidad. Hemos visto abajo, minutos antes, las mujeres de Benarés y las peregrinas venidas de lejanas provincias sumergiéndose en el río sin más traje que sus velos mojados y transparentes. Todas son de una delgadez exagerada, de un escurrimiento de formas que apenas respeta un tenue principio de curva en los miembros, lo preciso nada más para que se reconozca su carácter femenino. En las escenas mitológicas de este friso, así como en todas las pinturas y relieves indostánicos, lo mismo las hembras humanas que las diosas y los ángeles femeninos—bailarinas celestes llamadas apsarasas—, todas tienen el busto delgado, mas con redondas protuberancias mamilares, y á partir de la cintura, embebida y estrecha como si la hubiese deformado un corsé, empiezan las curvas de unas caderas soberbias, siendo lo que viene á continuación de una robustez amplificada, pomposa, exuberante. Los poetas indostánicos, siempre que hablan del muslo femenil, lo comparan por su redondez y dureza con la trompa del elefante. Estatuarios y poetas imaginaron indudablemente lo contrario de la realidad visible. También en la antigua Grecia, donde las beldades de ojos negros y cabellera retinta tenían una palidez verdosa, labios de rojo azulado y las puntas de los pechos obscuras, pintaron ó policromaron los artistas á las diosas con cabellera rubia.
Volvemos á nuestro barco acompañados por la vaquita de los cuernos verdes. Los chicuelos nos abandonan para seguir al hombre del bambú, que sale al encuentro de otro guía con un grupo de viajeros. Al contemplar el santuario desde abajo, nos arrepentimos de la ruda ascensión, comparando sus fatigas con lo poco que hemos visto.
Según nos alejamos de la ciudad, va tomando la ribera un aspecto más rudo y silvestre. Ya no hay edificios en su lomo. Sólo se ven cabañas aisladas, vertederos de inmundicias, animales muertos, mangas giratorias de cuervos atraídos por la podredumbre. A pesar de esta desolación, se prolongan ante la orilla baja las filas de bañistas. Son hombres de casta inferior, sudras miserables, que únicamente pueden buscar el agua sagrada en este lugar apartado, donde ya no hay bracmanes con las piernas encogidas bajo grandes quitasoles que exijan donativos á los fieles.
Mocetones que parecen hechos de bronce hunden los amplios pectorales en el agua y elevan sus brazos abultados por labores fatigosas. El río, al llegar al final de su curva, se muestra más sucio. Flotan en él muchos bultos negros: cadáveres de animales, tal vez de personas. Un buitre revolotea sobre el cuerpo de un niño, se posa en él, arranca tiras de su costillaje, se aleja engulléndolas, vuelve luego á alcanzarlo, siguiendo la corriente. En este rincón de las castas inferiores deben pulular los caimanes.
Más allá de los sudras, ante los peldaños torcidos de un gath ruinoso, toman el baño muchos hombres puestos en cuclillas, extremadamente gordos, de carnes relucientes por la humedad. Lanzan gritos agudos de placer y se mueven cosquilleados por la frialdad del río. Sus amplias espaldas, partidas por una raya vertical, así como los rollizos hemisferios de su continuación, que surgen y se ocultan rítmicamente en el agua, tienen un color rosado de carne femenina á través del velo transparente que se pega á su piel. Todos llevan el cabello muy corto, con una especie de cresta ó cepillo en la cúspide del cráneo. Cuando se vuelven, sin mirar á nuestro buque, para hacer los gestos rituales frente al sol, vemos un doble abultamiento colgante sobre su pecho, y más abajo, á través de la tela que parece vidrio flexible, una mancha negra que no continúa.
Son las viudas de Benarés, y únicamente pueden bañarse en este sitio, más allá de los hombres de las castas viles.
La autoridad británica puso fin á la bárbara costumbre de que la viuda se quemase viva en la pira funeral del esposo, pero su existencia presente se prolonga en el más horrible de los olvidos. La viuda muere en vida: ningún hombre se casa con ella, ni busca su trato. Su propia familia y la del muerto no vuelven á acordarse de que existe. Se mantienen en absoluta pobreza, al margen de las otras mujeres, aguardando como una liberación el momento de la muerte. Sólo en días de gran fiesta, como el de hoy, osan bajar al Ganges, lejos, muy lejos de los gaths que ocupa la muchedumbre. Viendo tal abandono se comprende que muchas indostánicas sean partidarias de morir quemadas con el cadáver del esposo. Es una muerte gloriosa, que las libra al mismo tiempo de esta viudez abominable.
Cuando los ingleses suprimieron la horrible tradición, muchas esposas de nababs se rebelaron contra la ley, organizando la ceremonia de su quema. Al celebrarse los funerales de un personaje famoso, llegaban sus diversas esposas procesionalmente á morir en su hoguera, contestando con saludos de artista á los aplausos de la muchedumbre. Aun hoy, de tarde en tarde, en algunas provincias del interior, hay viudas que se arrojan en el brasero del esposo, y cuando viene á enterarse la policía colonial ya es tarde.
Miro con interés y conmiseración á estas pobres jamonas, peinadas en forma de cepillo, que suben y bajan sus abultamientos sonrosados sobre el lomo del Ganges, haciendo chapotear el agua y suspirando nostálgicamente. Por encima de sus cabezas, varios perros hirsutos, con ojos de fiera, siguen la costa fluvial, disputándose las carroñas que abandonó la última crecida. Uno de estos animales trota paralelamente á nuestra barca, llevando en su boca algo que parece de cartón. Es una especie de bacalao enorme y negruzco, y en su parte alta se balancea una bola amarilla y blanca.