Volvemos á la bahía del Diamante, donde nos espera el Franconia.

Desde Calcuta hemos hecho un viaje igual al de Benarés, pero hacia el Norte, en busca de la fría ciudad de Darjeeling, donde el indostánico no puede vivir medio desnudo, como sus compatriotas del Ganges inferior y los Estados del Sur.

No hemos ido á Darjeeling para ver sus plantaciones de té, sus callejuelas y sus bazares donde pueden adquirirse tapices de pelo de cabra con flores bordadas. El principal atractivo de esta ciudad, construída á considerable altura, es poder contemplar la famosa cumbre llamada vulgarmente Himalaya, y á la que han dado los ingleses el nombre de Everest, un inspector general de las Indias. Inútil es decir que Everest no puso jamás sus pies en la altura hasta ahora inaccesible que lleva su apellido, como tampoco los numerosos exploradores que intentaron luego escalarla.

Llega el ferrocarril hasta la mencionada ciudad remontando una sucesión de curvas audaces, siguiendo el borde de precipicios, atravesando selvas húmedas, eternamente verdes, compuestas de diversos árboles gigantescos á cuyo pie crecen los helechos. Cerca de fuentes y arroyos, tienen los matorrales, como en el Japón, bandas enrolladas de papel conteniendo oraciones. Los rododendros se cubren de flores al lado de cedros, sicomoros y palmeras. Las orquídeas semejan pájaros, balanceándose agarradas á los troncos. Según vamos subiendo, las plantas tropicales se rarifican, reemplazándolas abetos, musgos y florecillas de las montañas de Europa.

A no ser por los trajes de los vendedores que acuden á las estaciones, resultaría difícil imaginar que estamos en la India. Usan casacas hechas con pieles de animales, pero llevando el pelo adentro y bordado de colores el cuero exterior. Hombres y mujeres van calzados con botas de fieltro que les hacen marchar de un modo titubeante.

En Darjeeling, á la salida del sol, vemos de una manera vaga la cumbre famosa que nos ha hecho venir hasta aquí. El antiguo Himalaya está muy lejos y enormemente alto; casi parece una nube á través de la escotadura que forman dos cumbres más próximas. Su cúspide cubierta de nieve nos parece de una majestad aplastante, tal vez porque estamos enterados de su altura excepcional, 8.840 metros, la mayor del mundo. En realidad, tiene demasiadas montañas en torno para que podamos darnos cuenta de su grandeza desde este lugar. De todos modos, nos proporciona cierta satisfacción vanidosa el ver desde las afueras de Darjeeling esta montaña blanca que cubre gran parte del horizonte.

—Ya conozco el Himalaya—podemos decir—, aunque sea de lejos.

Todo aficionado á la lectura prefiere usar el antiguo nombre que dieron poetas y viajeros á la montaña más alta de la tierra. El Himalaya (llamado por los indígenas Gaurisánkar) pierde mucho de su prestigio fabuloso, de las leyendas terroríficas unidas al misterio de su cumbre nunca pisada por los humanos, y en la que residen dioses misteriosos y diabólicos, cuando se la da el nombre del funcionario británico Everest.

Al salir el Franconia de la bahía del Diamante, va tomando ésta el aspecto de una cola abierta de pavo real. Se aclara el agua rojiza con las masas oceánicas que envía á su encuentro la marea. Las luces del sol matinal extienden sobre la superficie del estuario praderas verdes, lagos azules y rojizos, senderos que parecen cubiertos de temblonas violetas. Toda esta variedad de tintas va disolviéndose según se esfuman y desaparecen, á ambos lados del buque, las riberas de la yungla. Se estrechan y prolongan como filamentos las manchas amarillas de barro líquido. Los redondeles color de sangre coagulada que reflejan fondos de cieno son cada vez más reducidos, y al final flotan como escudos sueltos, aleteando sobre su círculo las aves de presa.

El azul compacto y sereno disuelve este desorden colorinesco, absorbiéndolo finalmente en su grandeza oceánica. Terminaron las aguas medio dulces con sus aportes orgánicos; ya estamos más allá de la zona influenciada por el enorme caudal del Ganges. De nuevo viene hacia nuestra proa el mar del Trópico, color de zafiro. Cinco veces lo abandonamos en nuestro viaje para meternos en ríos y estuarios, y nos vuelve á acoger con la calma de siempre, lleno de fosforescencias en la noche, rayado por enjambres de peces voladores durante las horas meridianas.