De este modo empezó el período de los Grandes Mogoles, cuya celebridad fué á la vez odiosa y brillante, por abundar en su dinastía acciones crueles y habilidades notorias para el engrandecimiento del Imperio. Ningún soberano llegó á poseer riquezas comparables á las de los primeros Grandes Mogoles. Estos emperadores mahometanos acumularon todos los tesoros de Asia, lo que les permitió construir sus maravillosos alcázares, que son aún el ornato principal de la India del Norte.

Impulsados por su espíritu conquistador á llevar la guerra á través de la península indostánica, desde Cachemira á Golconda, gustaron de vivir, como su ascendiente Timur, en campamentos movibles que tenían apariencia de ciudades populosas, rodeados de un fausto desconocido hasta entonces.

Tres palacios de madera, que se armaban y desarmaban con toda facilidad, servían de vivienda al Gran Mogol en sus excursiones. Cada uno de tales edificios era transportado por doscientos camellos y cincuenta elefantes, marchando los tres convoyes con el intervalo de un día, para que de este modo el emperador encontrase siempre un palacio armado, al cerrar la noche, esperando su llegada. La artillería iba delante y á continuación los camellos cargados con el Tesoro imperial. Cien de estos animales llevaban las rupias de oro y doscientos las rupias de plata. Detrás del Tesoro pasaban jaurías de perros y panteras domesticadas para la caza de gacelas y ciervos, así como numerosos toros amaestrados para batirse con el tigre. Ochenta camellos, treinta elefantes y veinte carros servían para el transporte de los libros de cuentas y archivos del Imperio. El agua del Ganges para uso de la comitiva imperial la transportaban cincuenta camellos, y otros cincuenta las provisiones de boca para sólo un día. Cien cocineros cabalgaban en el regio cortejo, y cada uno de ellos estaba encargado de preparar un plato único ó un postre. El guardarropa ocupaba cincuenta camellos y cien carros. Treinta elefantes llevaban solamente á cuestas joyas y armas. Estas últimas eran sables y yataganes de rica labor, que el Gran Mogol regalaba á los principales jefes de su ejército á guisa de condecoraciones.

A la cabeza de la artillería y el bagaje, marchaban como vanguardia dos mil zapadores para arreglar los caminos, y otros dos mil á la cola de la enorme columna encargados de borrar las huellas de elefantes, camellos y carromatos. Treinta mil jinetes y diez mil infantes componían la escolta del Gran Mogol. La retaguardia era una muchedumbre de habitantes de las ciudades que seguían al soberano en sus viajes, y domésticos encargados de cuidar los elefantes, camellos y corceles de los señores de la corte.

Se escogía siempre para establecer el campo alguna llanura extensa, quedando en el centro uno de los palacios movibles del emperador, rodeado de las tiendas de los magnates, que formaban calles en torno de él.

Costaban estos viajes sumas inauditas, mas el Gran Mogol podía realizar cuantos caprichos se le ocurriesen. Los tributos de los veintiún gobiernos sometidos á su autoridad proporcionaban, todavía en el siglo XVIII, mil millones de francos oro, lo que representaría hoy, en el mismo metal, una suma ocho ó diez veces mayor. Sus tesoros se componían de enormes masas de oro y plata, procedentes de sus minas. Nadie tuvo en su poder veneros tan preciosos. El célebre diamante encontrado en Golconda en 1550, que lleva el nombre de «Gran Mogol», fué llevado á Delhi por un caudillo de dicho país que era su tributario. Poseyeron montones de diamantes, todos de primera calidad, y no sabiendo qué hacer de tantas perlas, esmeraldas y rubíes, las incrustaron en los muebles de sus palacios, las cosieron á los cortinajes, adornaron con ellas sus vestiduras, compuestas de las más ricas estofas.

El adorno más famoso del palacio de Delhi fué un trono de oro macizo, llamado del «Pavo Real». Tavernier, audaz comerciante de pedrerías, que corrió gran parte de Asia en el siglo XVII, vió este trono, así como otras riquezas del Gran Mogol. Su calidad de experto le hizo ser bien recibido por estos monarcas que poseían las mejores joyas de la tierra. Tenían además siete tronos secundarios, unos ornados solamente de diamantes, otros de diamantes con rubíes, otros de esmeraldas, de perlas, etc. Oportuno es recordar que los tronos orientales son muy anchos, en forma de sofá, para que el soberano pueda sentarse en ellos con las piernas cruzadas.

Era el trono del Pavo Real el más grande de todos. Tenía un dosel cubierto de perlas y diamantes. Sobre su remate habían colocado un pavo real de oro macizo, cubierto de piedras preciosas, llevando en su pecho un gran rubí, del que descendía, balanceándose, una perla de cincuenta quilates. Cuando el Gran Mogol tomaba asiento en dicho trono, colocaban ante su rostro una enorme joya transparente, para que su brillo le acariciase los ojos. Doce columnas incrustadas de perlas sostenían el dosel. Otras veces adornaban dicho trono con un loro de esmeraldas, de tamaño natural.

Para explicarse el origen de un amontonamiento tan inaudito de tesoros, hay que pensar que los herederos de Timur robaron durante dos siglos á todos los príncipes de la India, despojando además á los templos induístas de cuantas joyas ornaban sus imágenes. Los reyes de Bidjapur y de Golconda, países famosos por sus riquezas, no pudiendo hacer frente á los Grandes Mogoles, compraban la paz entregándoles sus tesoros guardados y los productos anuales de sus minas. Los gobernadores de provincias y los jefes de ejército, enriquecidos por la rapiña, nunca se presentaban en la corte sin llevar por delante presentes valiosísimos.

Como todos los grandes Imperios de la Historia, el de los Grandes Mogoles tuvo una larga y triste agonía. En 1730, Nadir Schah, rey de Persia, invadió la Rajputana, avanzando sin resistencia hasta los muros de Delhi.