VIII
PALACIOS, TESOROS Y TUMBAS
Las calles rectas de Delhi.—El ruidoso movimiento de su vía central.—Riquezas y suciedades.—Los joyeros de Delhi y sus maravillosas maletitas.—Prestigio de la moneda americana.—La Gran Mezquita.—El palacio-fortaleza de los Grandes Mogoles.—Mármoles incrustados de joyas.—«Si el cielo ha descendido alguna vez sobre la tierra... es aquí.»—Vestigios de saqueo.—El palacio afeado por los ingleses.—Huída del último Gran Mogol.—Revolución de los cipayos.—Las ciudades abuelas de Delhi.—El minarete de Kutab.—Mausoleos por todas partes.—Un clavo de quince metros.—Cómo el rey Anang-Pal inmovilizó á la serpiente del pecado en las entrañas de la tierra, y después la dejó escapar.
El Delhi moderno fué fundado hace cuatro siglos por Sha-Jehan, el Gran Mogol de las magnificencias, constructor de los edificios más célebres de la Rajputana, y lo pobló con una parte de los vecinos del viejo Delhi, cuyos palacios aún se mantienen en pie.
Los otros habitantes, por razones de seguridad, se acogieron poco á poco al amparo de las murallas de la reciente población, y así se formó el nuevo Delhi, llamado oficialmente Shajehan-Coul, «Ciudad del rey del mundo». Pero el antiguo nombre de Delhi siguió usándose en las conversaciones y en todos los documentos que no debía firmar el emperador.
Esta ciudad musulmana no se parece á ninguna otra de las metrópolis orientales. Sus calles son rectas, largas, de considerable anchura; sus edificios no se componen exteriormente, como en El Cairo ó el viejo Estambul, de muros macizos y uniformes, sin más que alguna pequeña abertura enrejada. Las casas, de varios pisos, tienen amplios miradores, en los que pasan sus habitantes la mayor parte del día.
La gran calle central, llamada Chandy-Choqué, es la mayor que se conoce de todas las ciudades musulmanas, con una milla de longitud y una anchura correspondiente á dicha extensión. En los miradores, cuyas celosías están abiertas casi siempre, se muestran los dueños de las casas, magníficamente vestidos, fumando sus largas pipas. Las mujeres, libres de los prejuicios de las otras mahometanas, no temen dejarse ver sin velos, al lado de sus esposos ó padres.
Es tan complejo y enorme el ruido de la gran calle de Delhi, que resulta indescriptible. Todos los pisos bajos están ocupados por tiendas y talleres. Cada edificio parece una colmena. La vida industrial y privada se desarrolla en público. Conversa á gritos la multitud; otras veces se pelea y se injuria con el más leve pretexto. Por el centro de la amplia calle discurren los más contradictorios cortejos. Se confunden las manifestaciones de una vida contemporánea de los primeros soberanos de Delhi con los adelantos más recientes de la civilización occidental. Relinchan y caracolean yeguas árabes montadas por jinetes de vestiduras rojas; desfilan rebaños bajo los báculos de pastores medio desnudos y feroces; chirrían las ruedas macizas de las carretas; y á este estrépito de circulación antigua se unen las bocinas de los automóviles y el trotar de la caballería británica, mandada por oficiales de casco blanco. Los repujadores de cobre golpean el metal con sus martillos ante las puertas de sus tiendas. Todo establecimiento tiene el taller en su entrada, y en este taller sólo se ven dos ó tres obreros, á más de un mahometano viejo y silencioso que fuma con las piernas cruzadas, fijas sus pupilas en los que trabajan.
De vez en cuando se espantan caballos y rebaños. Es un elefante que llega y se asusta á su vez del pavor que difunde ante sus pasos, retrocediendo con la trompa alta, dando bufidos. Gruñen camellos, alarmados por los ruidos de la ciudad, que les sorprenden después de un viaje á través de arenales desiertos.
Corren repentinamente los transeuntes para engrosar un corro del que surgen rugidos feroces. Unos hombres de la montaña llevan con bozales, como si fuesen perros, leopardos y tigres amaestrados para cazar gacelas ó pelearse con bestias de su misma especie, ofreciéndolos á los aficionados á tales deportes. Grupos de músicos ambulantes hacen sonar agudos caramillos ó rascan violas campestres.
Penden de puertas y ventanas cortinas de diversas tintas. Los miradores tienen esterillas de junco policromas, y en las azoteas están puestas á secar vestiduras y gasas, azules, amarillas, verdes, violeta, lo que da á muchos edificios aspecto de buques empavesados en día de gran fiesta.