Todo lo que del antiguo palacio queda aún en pie está en los jardines, dando sus ventanas y galerías sobre una llanura algo yerma y abundante en paredones derruídos que corta el Jumna con serpenteos de metal blanco. Este palacio, como la Alhambra y todas las construcciones musulmanas, consta de un piso único, y sólo excepcionalmente algunos de sus pabellones poseen un piso superior, de techo muy bajo. Mas en Granada y otras ciudades de Asia y África, el arquitecto mahometano tuvo que levantar sus construcciones empleando como únicos materiales el yeso, el alabastro, alguna que otra columnilla de mármol ó jaspe, y sobre todo el azulejo, principal elemento decorativo. Generalmente, la llamada arquitectura árabe es brillante y al mismo tiempo pobre y frágil.
Dispusieron los Grandes Mogoles de mármoles en abundancia, y sus edificios de Agra, Delhi y otras ciudades de la Rajputana son de esta rica piedra, empleándola hasta en techumbres y cúpulas. El mármol con transparencias de gema preciosa reemplaza al metal en dichos monumentos. Las celosías de puertas y ventanas, las verjas que rodean tronos, baños y tumbas, son también de mármol tan primorosamente trabajado, con tantas ramificaciones y flores, que parecen telarañas pétreas, filtrándose una luz suave á través de sus innumerables orificios.
Los metales preciosos y las joyas de sus tesoros los reservaron estos monarcas para incrustaciones en las paredes. Necesitaron animar la blancura láctea del mármol para que no resultase uniforme y frío, y esparcieron una flora de ensueño en los salones de su palacio. Desde el pavimento á un tercio de los muros fueron remontándose las varillas de una vegetación creada por orfebres. Estas varillas eran de oro, con hojas de esmeraldas y otras piedras preciosas. Al final se abrían las flores, unas redondas como las rosas, con pétalos de rubíes y granates; otras blancas, lirios y azucenas, con puntiagudos cogollos cubiertos de brillantes, mientras corrían por las cornisas nuevas guirnaldas de esta jardinería inverosímil.
Sólo quedan ahora los moldes de tales esplendores, nunca vistos después. Los soldados del conquistador persa rompieron con las puntas de sus cimitarras una primavera que parecía eterna, de gemas y de oro, ocultándola en sus sacos de piel de camello. Fué el botín menudo de la horda vencedora. Su jefe se llevó el trono y las joyas más célebres del Gran Mogol.
Todavía se ven en los muros de mármol las huellas de estas plantas incrustadas, cada una de las cuales valía una fortuna. En algunos de los bajos relieves, el perfil se mantiene limpio, y hasta queda en el fondo de la oquedad un resplandor metálico, recuerdo del oro que lo cubrió. En otros, la piedra está rota, con rudas muescas que revelan el esfuerzo de los saqueadores.
Pasamos de salón en salón, con una mezcla de respeto admirativo y de lástima. Recuerdo la frase vanidosa y justa que los constructores de este palacio grabaron en lengua persa sobre el trono del Gran Mogol.
«Si el cielo ha descendido alguna vez á la superficie de la tierra, es aquí, es aquí, es aquí.»
El palacio de Delhi fué cielo esplendoroso para sus dueños durante una centuria ó dos. Ahora parece un jardín tronchado y barrido por el huracán.
Hay puertas que aún guardan en sus cuarterones vestigios de oro junto á los huecos ocupados antes por gemas preciosas, pero se hallan torcidas sobre sus goznes ó penden solamente de uno de ellos, sin que nadie se cuide de repararlas. Un arroyo con riberas de mármol pasa de salón en salón. El fondo de su lecho, cincelado en forma de ondas, debió proporcionar una sonrisa rumorosa á las aguas cuando corrían por el interior del palacio, en las tardes veraniegas. Los caños están obstruídos ó rotos desde hace machos años y el viento ha depositado una línea de polvo detrás de cada arruga marmórea del arroyo.
Primeramente vemos la sala del Diván, donde recibía el Gran Mogol á dignatarios y solicitantes, teniendo acurrucado á sus pies al primer ministro, encargado de contestar por él. Es toda roja, color de vino, así como la escalinata que sube hasta el estrado de mármol del emperador. Encima hay unos mosaicos que representan á Orfeo rodeado de fieras, trabajo florentino de alguno de los artistas vagabundos y renegados que de aventura en aventura llegaban hasta Delhi para ofrecer sus servicios al Gran Mogol, famoso en toda la tierra por sus riquezas.