Las invisibles palpitaciones del mar en la tarde serena hacían que el triángulo de la proa se elevase y descendiese, como una cabra saltadora y juguetona, al partir las aguas con su filo. Este movimiento parecía circunscrito a aquella parte del buque, pues sus vibraciones se amortiguaban al extenderse por los flancos y apenas eran sensibles en el resto de la gigantesca construcción. Las espumas, luego de elevarse junto a la proa formando dos surtidores de leche pulverizada, resbalaban por los costados en grandes redondeles semejantes a los anillos de luz sideral. Corrían de proa a popa las aguas removidas, dos ríos verdes, agitados, tumultuosos, abiertos en la inmovilidad azul del Océano. Los peces voladores saltaban por enjambres, se abrían en grandes abanicos de plata y rosa, volando lejos, muy lejos, en vistoso chisporroteo, arando la superficie con el arañazo de sus colas, hasta que, fatigados, volvían a sumirse en la profundidad.
Cuando la proa quedaba dormida por algunos minutos, el buque parecía inmóvil, clavado en el mismo sitio. La velocidad de su marcha hacía ver con un engaño óptico que era el Océano el que venía corriendo a su encuentro en gigantescos repliegues que se empujaban unos a otros. Los ojos abarcaban un anfiteatro azul, inmenso, monótono, que borraba la noción de volúmenes y distancias. Luego parpadeaban con una sensación de extrañeza al replegarse en esta cáscara férrea perdida en el infinito, con su hervidero de hormigas sobre el lomo.
A espaldas de Mina y su compañero sonaban los discos de madera resbalando sobre la cubierta, empujados por las palas de los jugadores. Cada vez que uno de ellos venía a colocarse sobre un buen número del cuadro trazado en el suelo, estallaba el grupo infantil en palmoteos y gritos, que hacían revolverse en sus sillones a los pasajeros dormitantes.
Karl, con aire pensativo y un dedo en la boca, contemplaba de cerca el juego de estos niños mayores que él. De pronto, como si experimentase la necesidad de ser protegido, huía y se pegaba a las faldas de su madre, que, atenta a la conversación, no hacía caso de sus llamamientos insistentes. Cansado de pasar inadvertido, atraíale otra vez la gritería de los muchachos, volviendo lentamente hacia ellos.
Hablaba Mina con tristeza del mundo viejo que dejaban a sus espaldas. ¡Ah, Berlín!... Este nombre hacía revivir los recuerdos más tristes de su vida, años de pobreza desesperada, de humillaciones crueles, de vergonzosa decadencia. Marchaba hacia las tierras nuevas con la ilusión de algo mejor.
Ojeda, al oír esto, sonrió imperceptiblemente. También la esperanza guiaba el viaje de la infortunada walkyria. El Nuevo Mundo era el único remedio para la gran equivocación que había trastornado su existencia. Mina se lanzaba a esta aventura por su hijo, por el porvenir del pequeño Karl, único vínculo que la unía a la existencia. ¿Qué podía desear?... Más allá de sus esperanzas de madre, no había para ella ninguna ilusión. Todo había terminado: ni hermosura, ni gloria, ni siquiera salud le guardaba el porvenir.
—Soy vieja a la edad en que otras mujeres empiezan el verano de su vida. Los años han caído sobre mí de golpe: llevo el peso de los míos y los de las otras que son felices... Las desgraciadas cargamos con nuestra edad y las edades de las que siendo dichosas prolongan su juventud. Yo creo a veces que tengo mil años... ¡Y enferma! ¡Arrastrando para siempre las consecuencias de haber sido madre!...
Deteníase al decir esto con prudente rubor, no osando confesar las internas tribulaciones que agitaban su organismo. Sus ojos iban hacia Karl con la expresión amorosa y triste de una artista que contempla su obra, fruto de penalidades, jirón doloroso de su propia existencia. Había salido de sus entrañas, pero era también el hijo de su marido.
Fernando creyó adivinar los pensamientos de la madre en la fijeza con que miraba la cabeza voluminosa de Karl. El niño tenía un aspecto demasiado grave para sus pocos años, un aire de vejez prematura.
—¡Cómo temo por su destino!—dijo Mina—. Paso las horas mirándolo en silencio. ¿Qué será? ¿qué saldrá de él?... A veces creo que puede ser un grande hombre, un genio, ¡quién sabe! Las madres nos creemos todas predestinadas a dar prodigios al mundo. Dice cosas superiores a su edad. ¡Y ese gesto grave, como si le bullesen en la cabeza pensamientos que no acierta a formular!... Otras veces me asusto. Es muy débil; la enfermedad le asalta en toda clase de formas. Le dan ataques cuando lo contrarían... Es el hijo de él: un hijo de padre degenerado.