El capitán del primer Almirante, el socio de Vicente Pinzón, el compañero de Juan de la Cosa, el jefe de Américo Vespucio, veíase cada vez más olvidado. Era un desconocido para aquellos mozos que llegaban de España, pasando junto a él sin reconocer sus canas y sus méritos. Desde la isla metrópoli tomaban vuelo, lanzándose lo mismo que pájaros de presa sobre distintas partes de las Indias misteriosas con mayor éxito que don Alonso, desgraciado como todo precursor. Los únicos que se acordaban de él eran los acreedores, para sus pleitos y procesos, y los muchos enemigos, a los que había ofendido con altiveces y pendencias. Más de una noche, el pobre conquistador, al volver a su tugurio, hubo de tirar de espada contra gentes que le esperaban para matarlo.

—Así acabó, obscuramente—dijo Ojeda—, el primero y más infortunado de los héroes de la conquista. Su muerte quedó en el misterio. Unos dicen que se metió a fraile en los últimos años y pidió al morir que lo enterrasen en la puerta del convento, para que todos hollasen su tumba, castigando de este modo su soberbia y demás pecados. Otros niegan que fuese fraile, y dicen que la pobreza le hizo refugiarse en el monasterio de Santo Domingo, como un parásito, viviendo de la sopa de la comunidad... El hambre fue el único miedo del héroe. Le habían predicho que moriría de inanición, y en sus expediciones cuidaba siempre de llevar alimentos en los bolsillos. La profecía no se realizó al correr por selvas y desiertos o al navegar en buques de escasos víveres. Pero casi fue un hecho cuando el viejo conquistador tuvo que buscar el amparo en un monasterio en aquella ciudad colonial donde nadie le hacía caso.

—¿Y el otro?—interrumpió el doctor Zurita con viva curiosidad—. Ese Méndez del que habló usted antes.

—Diego Méndez—continuó Ojeda—fue un héroe de distinta clase; un «superhombre del mar», como diría el amigo Maltrana. Su aventura portentosa asombra aun en los tiempos presentes. Era un mozo sevillano que acompañó a Colón en sus últimos viajes, cuando, viejo, enfermo y sin poder encontrar los tesoros portentosos que había prometido, sentía crecer la indiferencia en torno de su persona. Méndez fue el discípulo fiel que acompaña siempre a los grandes hombres en su agonía. Las últimas cartas del Almirante lo elogian y lo recomiendan a la gratitud de sus descendientes, que jamás hicieron nada en su favor. Cuando, en el último viaje, el más desgraciado de todos, el descubridor se veía en un apuro, sus ojos lacrimosos de viejo buscaban a Méndez. «¡Hijo!, ¡hijo!», le decía. Y el «hijo» encontraba en su coraje o en su vivo ingenio de andaluz un recurso para salir del mal paso.

Al explorar el Almirante las costas de la América Central, que él tomaba por las de Asia, quedábase en sus naves, y era Diego Méndez el que bajaba a tierra para adquirir noticias y acopiar víveres. Completamente solo, metíase entre las tribus de Veragua, que se estaban juntando para caer de improviso sobre los navíos, inmovilizados en una bahía cerrada por las arenas.

Méndez era recibido por el más temible de los caciques en una choza que tenía por adorno trescientas cabezas de enemigos, y los asombraba cortándose en su presencia con unas tijeras pelos y barbas, operación mágica para los indígenas. Sus curaciones de llagas y otras enfermedades le valían el respeto de un brujo, y gracias a esto pudo vivir entre los indios, avisando a Colón de sus proyectos. Él fundó el primer pueblo del continente, anterior en algunos años al de Ojeda; pero esta población a orillas del río Belén o Yebra, que gobernaba con el título de Factor, tenía que defenderse día y noche de los ataques de los indios. Con veinte hombres armados de espadas y rodelas y dos pequeños cañones de los que llamaban «de fruslera»—metal procedente de las roeduras de piezas de azófar—, hizo frente durante mucho tiempo a los naturales, que, según decía Méndez en su testamento, «flechaban y garrochaban desde lejos como quien agarrocha toro, y eran las flechas y tiradores tantos como granizo; e algunos dellos se desmandaban para venirnos a dar con las machadsnas o macanas—mazas o porras—, pero ninguno dellos volvía, porque quedaban allí cortados brazos y piernas y muertos a espada...».

Al fin, tan inaguantable era esta hostilidad, que el Almirante reembarcó a Méndez con su gente e hizo velas sin haber puesto el pie en tierra firme.

Luego sobrevenía la más penosa y difícil de las aventuras de Colón. La «broma», temida calamidad de los mares tropicales, consumía la madera de los navíos. Las chusmas, extenuadas por el manejo continuo de bombas y calderos, sentíanse impotentes ante el Océano, que invadía en lenta marea ascendente la concavidad de los agrietados cascarones. Así navegaron treinta y cinco días, creyendo ir hacia Castilla cuando estaban más lejos de ella que al salir de Veragua. Hubo que abandonar un navío, que, «agujereado y comido de gusanos, no podía sostenerse sobre el agua», y los otros dos, al llegar con grandes trabajos a las playas de Jamaica, fueron zabordados a tierra, convirtiéndose en casas o fortines de tablas corroídas.

Del castillo de popa, con sus torneados balconajes, a la proa, rematada por el esculpido mascarón, se tendieron techos pajizos iguales a los de las chozas indianas. Al tocar tierra, Diego Méndez, contador de la flota, había repartido el último racionamiento de bizcocho y de vino. Nada quedaba en las despanzurradas bodegas. Una población famélica y desesperada de doscientos setenta cristianos movíase en torno de los cascos en seco.

Ocultábanse los naturales del país, y el hambre, atraída por la soledad, se aproximaba a todo correr. No podían esperar auxilio alguno. Santo Domingo estaba a muchas leguas de distancia y no les quedaba ni un batel para intentar esta travesía audaz. El Almirante, enfermo, debilitado por la vejez, afligido por la presencia de su pequeño Fernando, no sabía qué hacer. «¡Hijo!, ¡hijo!», exclamaba, implorando el consejo de Méndez. Y el mozo, sin miedo y sin pereza, tirando de la espada, metíase tierra adentro con sólo tres hombres, yendo de tribu en tribu a la compra de víveres, que pagaba con cuentas azules, peines, cuchillos, cascabeles y anzuelos. Sus acompañantes volvieron a las naves con la comida, y él siguió adelante por las costas de la isla, completamente solo, hasta que pudo comprar a un cacique una canoa, dándole por ella una bacineta de latón que guardaba en la manga, el sayo y una camisa, de dos que tenía.