—¿Somos aquí todos?—preguntaba el maestre.
—Dios sea con nosotros—respondía a coro la gente.
Quitábase la caperuza el maestre antes de replicar:
Salve digamos,
que buen viaje hagamos.
Salve diremos,
que buen viaje haremos.
Y todos los del buque, proeles, grumetes, lombarderos, soldados, hidalgos, damas, sirvientes y niños, entonaban la salve en la tarde moribunda, mientras el sol teñía de anaranjado las velas y el mar levantaba con sus choques la pesada cáscara del galeón.
Con la salve y la letanía no terminaban los rezos. Un paje que hacía funciones de monacillo al lado del maestre recomendaba después con su voz infantil:
Digamos una Ave María
por el navío y la compañía.
—Sea bien venida—contestaba la multitud.
Y cuando se finalizaba este rezo, el maestre saludaba a todos con grave compostura.
—Amén, señores, y que Dios nos dé buenas noches.