El egoísmo del amor estallaba en María Teresa con deseos crueles.
—¡Ay, cuándo se morirá Joaquín!... ¡Para lo que sirve en el mundo!
Joaquín era el marido, y ella, por informes de sus amigos o por las cortas entrevistas que tenía con el viejo al volver a España, calculaba las probabilidades de su muerte.
—Está peor; casi chochea. Esto va a terminar de un momento a otro.
La sensible María Teresa, que se apiadaba de los perros abandonados en la calle y reñía con los cocheros cuando levantaban el látigo sobre las bestias, hablaba fríamente de la muerte, como si únicamente tuviera entrañas para su amor y el resto del mundo careciese de interés. Ojeda la escuchaba con cierto remordimiento. ¡Desear la muerte de un pobre señor que no les había hecho daño alguno y al que inferían desde lejos diariamente un sinnúmero de misteriosas ofensas! ¡Qué cobardía!... Pero el egoísmo amoroso acabó por despertar en él igualmente, con una crueldad implacable. Aquel viejo estúpido, por el privilegio de su riqueza, la había poseído el primero, había paladeado las mismas dichas que él pero con el encanto de la novedad. Bien podía morirse... ¡Que se muera!
Y se murió de pronto, mientras ellos estaban muy lejos; y al regresar a Madrid a toda prisa, aturdidos por la feliz noticia, les salió al encuentro algo que no habían conocido hasta entonces: el valor del dinero, lo difícil que es echarle la mano encima cuando se empeña en huir, la necesidad material y prosaica sobre la que descansan todas las ilusiones y deseos de la vida.
Don Joaquín se había ido del mundo sin dejar a su mujer otra renta que una pensión del gobierno como viuda de ministro plenipotenciario: un poco más de lo que ella pagaba a su doncella en París. Una parte de su fortuna procedía de la primera esposa y pasaba a los hijos; la otra parte, que era considerable, aparecía donada en vida a los mismos hijos, que habían vuelto a su gracia en los últimos años.
La primera idea de la impetuosa María Teresa fue comprar un revólver e ir matando por turno a los hijos y las hijas de su marido, a más de yernos y nueras, sin perdonar a los nietos. ¡Raza maldita! ¡Ladrones! ¿Y para esto había sacrificado los primeros años de su juventud a un viejo tonto, renunciando al amor?... Pero no; él era bueno y la quería. Muchas veces le había asegurado que dejaba las cosas bien arregladas para después de su muerte. Eran los otros, que intentaban robarla... Y desistiendo de la compra del revólver, se lanzó en las aventuras de un pleito con el fervor apasionado que despiertan en algunas mujeres los incidentes, embrollos y peleas de todo litigio. Ella demostraría que la familia de su marido había abusado de la flojedad mental de éste en los últimos meses, para despojarla con documentos falsos.
Fernando acogió el contratiempo con frialdad. En el fondo de su ánimo le había repugnado siempre que el dinero del viejo entrase en su casa al unirse él legalmente con María Teresa.
—No te apures; tal vez sea mejor así. Cuenta sólo conmigo. Yo trabajaré si es preciso.