—Tal era la influencia del libro de caballerías—continuó Ojeda—, que el emperador Carlos V dio un decreto prohibiendo la importación y lectura de tales obras en las Indias. Los aventureros de espíritu caballeresco, afligidos por los abusos de los gobernadores, ejercían la justicia por su mano, lo mismo que el hidalgo manchego. Tomando ejemplos en los libros, formábanse en las nacientes ciudades de las Indias corporaciones caballerescas, cuyos individuos, con el título de «conjurados», se comprometían a defender con la espada los derechos de la viuda y el huérfano y a combatir las injusticias del poderoso.
El conquistador se adaptó a la nueva tierra y a las costumbres del indígena con asombrosa prontitud. El individualismo español encontraba un encanto irresistible en la vida errabunda del indio, con pocas leyes, ninguna autoridad, escaso trabajo, continuo viaje y un solo afecto: la familia.
—Así fue—dijo Maltrana—. En todas las historias de la conquista se habla de expediciones de españoles que descubrieron compatriotas procedentes de una expedición anterior, los cuales llevaban varios años viviendo entre los indios. Un naufragio, un retraso en la marcha, un combate desgraciado, les hacía caer prisioneros, y si libraban la piel en el primer momento, acababan por hacerse de la tribu y constituir familia. Los españoles encontraban con asombro al mozo de Sanlúcar, de Triana o de un pueblecillo de Extremadura con el pecho pintarrajeado, corona de plumas y un anillo en la nariz, apoyado fieramente en su arco y barboteando trabajosamente un castellano que casi había olvidado. Lloraba al recordar la Virgen de su tierra, pero cuando los compatriotas le incitaban a seguirles, sus lágrimas eran de desesperación. «¡Ay, no! ¿Y la familia?...» Y presentaba a la respetable compañera cobriza, con ojos de diablo y mejillas cubiertas de chafarrinones, y tras ella, la nidada de mesticillos, ágiles como gamos, con panzas ávidas de sepultar todo lo viviente.
Con igual facilidad se adaptó el soldado español a la guerra indígena. Los pasos de los ríos, las lagunas infinitas, las lluvias torrenciales, la dificultad de conservar la pólvora, hicieron cada vez más escasas las armas de fuego. La lanza, la espada y la rodela acompañaron al conquistador en sus expediciones de tierra adentro. El combate, para los viejos soldados que habían conocido las batallas más famosas de Europa, fue en adelante la «guazabara». La táctica, contenida en la Milicia Indiana, de Vargas Machuca, consistió en dar la «trasnochada» y dar el «albazo», o sea sorprender al enemigo astuto y escurridizo en plena noche o al romper el día. El aventurero sustituyó las botas guerreras por la alpargata o la abarca de piel de potro; la coraza por el peto acolchado de algodón, que le servía de almohada durante la noche; el casco por el morrión de cuero; la capa por el poncho indiano.
—El indio vino al fin a él—interrumpió Zurita sonriendo—, pero él hizo la mitad del camino yendo hacia la hembra india. Y el resultado de este encuentro fue una raza nueva, todo un mundo: la América que hoy conocemos.
Ojeda había quedado absorto desde mucho antes, sin oír lo que decían Isidro y el doctor. Resucitaba en su memoria la conversación que había tenido con Mina aquella misma tarde, y el recuerdo de la artista evocaba el de Wagner y sus héroes. ¿Por qué pensaba en esto?... «Tal vez—se dijo mentalmente—porque esos conquistadores fueron héroes de epopeya, héroes en plena Naturaleza, como los del poema nibelúngico...»
Su vaguedad imaginativa fue contrayéndose, hasta dar forma a figuras precisas. Vio a Wotan, el dios majestuoso y débil, forzado a castigar con momentánea cólera a la hija desobediente. «Padre—implora sollozando la walkyria—, ya que me has excluido de la raza de los dioses y como débil mujer he de dormir sobre esa roca hasta que el primero que pase se apodere de mi virginidad, ¡que no sea yo la esposa de un débil mortal, de un cobarde!... Evítame esa afrenta... Si en los brazos de un hombre he de caer esclava, haz que la llama surja en torno de mí al eco de tu palabra; rodéame de un baluarte de fuego, para que sólo un héroe de corazón firme y fuerte, valiente como un dios, pueda despertarme y hacerme suya.»
Igual a Brunilda, la virgen morena había dormido, no años, sino siglos, guardada en su letargo por la azul extensión de los océanos, más insalvable que las barreras de llamas. Sólo un héroe de corazón fuerte podía despertarla... Y al oír los pasos férreos del conquistador, los ojos de la india virgen parpadearon, extendió los brazos, y sus pechos vinieron a aplastarse sobre el peto de una armadura.
Era el héroe prometido; el amor que despierta bajo la caricia del guantelete metálico; el abrazo fecundador acompañado en sus temblores por un tintineo de armas.
Y para llegar hasta ella, el héroe no había tenido que combatir el obstáculo del fuego, que se salva con sólo un impulso de coraje... Su firmeza y su paciencia habían sido tan grandes como su valor ante los océanos que desalientan por su inmensidad; las montañas que crecen y se repiten así como se va avanzando por sus rugosidades; los bosques obscuros y laberínticos, en los que se pierden la luz del sol y las huellas de los pasos; las llanuras desoladas que no terminan nunca.