Maltrana fijó su mirada entre las dos columnas de la plataforma, allí donde ordinariamente había una especie de mostrador encristalado lleno de tarjetas postales y «recuerdos de viaje» que vendía el mozo del salón encargado de la biblioteca. El tal mostrador había desaparecido bajo un mantel lleno de puntillas. Dos candelabros con cirios crepitaban en la mañana esplendorosa sus luces incoloras y sin fuego; un crucifijo de porcelana ocupaba el centro.
Ante el altar improvisado erguíase el obispo, cubierto con una casulla de oro y albas vestiduras que aún guardaban los pliegues del encierro en la maleta. Arrodillado a sus pies estaba el abate, con las barbas fluviales tendidas sobre el negro delantero de su sotana. Todos los ojos iban hacia él: sólo la familia de La Boca seguía con mirada amorosa los movimientos de Monseñor al decir la misa.
El conferencista, a pesar de su modesta situación de ayudante, era admirado por muchos, como esos grandes actores que, aun permaneciendo mudos en un extremo de la escena, consiguen mayor atención que los que hablan y gesticulan en primer término. Cuando su voz abaritonada respondía a las palabras del obispo, había en ella tal encanto y tanta autoridad, que las buenas señoras se lamentaban de que estas contestaciones fuesen breves. Y él, convencido de su éxito, se empequeñecía, se humillaba ante el oficiante, como un simple acólito, mirando algunas veces al público con el rabillo del ojo para que no perdiese ni el más pequeño detalle de su religiosa abnegación. No había querido dar la conferencia, pero ofrecía algo más interesante: el espectáculo de un grande hombre, cuyos retratos figuraban en los periódicos, ayudando la misa de aquel obispo obscuro, que parecía aturdido por tal honor.
Abandonaba a veces el abate su actitud encogida, para dirigir al oficiante como un maestro. Todos los objetos del culto eran suyos: el sagrado mantel, la casulla, el cáliz de piezas enroscadas y las divinas Formas. Este hombre extraordinario, aleccionado por la experiencia, no olvidaba nada en sus viajes. En una maleta, los periódicos ilustrados con sus biografías, los libros que había escrito y los retratos que debía regalar con dedicatorias; en otra, los artículos de la misa, guardados en estuches con forros de terciopelo, bien cuidados, desmontables y limpios, como útiles profesionales.
Una cabeza avanzó junto a la de Maltrana, pegándose al vidrio, al mismo tiempo que un codo tocaba el suyo. Era Ojeda.
—¿Está usted oyendo misa?...
—No, Fernando. Pensaba en los caprichos de la suerte histórica; en cómo la casualidad puede llevar a las gentes por los caminos más diversos... Mire usted con qué devoción siguen esas damas el curso de la misa. Algunas hasta tienen húmedos los ojos. Una misa en pleno Océano, ¡figúrese usted!... Y pensar que si América la descubren los ingleses, o el gran Carlos y se deja convencer en Worms por el frailecillo Martín, toda esa gente estaría a estas horas con una Biblia en la mano cantando salmos con acompañamiento de armónium.
En otras ventanas apretábanse contra los vidrios las cabezas rubias de varios niños. Con la boca abierta y un pliegue vertical entre las cejas, contemplaban ansiosos las genuflexiones y manejos del hombre dorado y los gestos del hombre negro que le seguía en todas sus evoluciones. Eran pequeños alemanes que por primera vez veían una misa.
Maltrana examinaba el público amasado en el salón.
—Gran concurrencia—dijo—. Ninguna fiesta de a bordo ha reunido a tanta mujer. Hasta veo tres coristas que se han vestido de negro con ropas prestadas por las amigas. Son polacas... Y más allá, mire usted a doña Zobeida envuelta en su manto americano, y a nuestra amiga Conchita con mantilla española... En el centro está Nélida, una Nélida que parece otra, humildita al lado de su madre, con la cabeza baja, sin nada llamativo, húmedos los hermosos ojazos. ¡Pobrecilla! En ella las impresiones son tan fugaces como intensas. Está emocionada por el espectáculo. Un poco más, y rompe a llorar... Pero vámonos de aquí; estamos molestando. Don Carmelo, el de la comisaría, que está al lado del abate para ayudarle, nos ha mirado varias veces. Las respetables matronas levantan la cabeza, y yo debo velar por mi reputación. No quiero que digan que Maltranita es un impío. Esa reputación sirve a veces en Europa, pero en América da muy poco.