Ojeda, al salir a la cubierta, se vio detenido por la sonrisa de Mrs. Power y abandonó a su compañero, acodándose al lado de ella en la baranda.
«¡Demonio de mujer!—pensó Maltrana—. Parece como que huele a Fernando. Cualquiera diría que tiene ojos en la nuca para verle. Está de cara al mar y apenas nos aproximamos, vuelve la cabeza sonriendo de antemano, segura de que es él quien se acerca.»
Un coro de vociferaciones, grandes risas y aplausos sonó en la terraza del fumadero, y Maltrana, ansioso por conocer todo lo que ocurría en el buque, corrió hacia este sitio.
Era Nélida, rodeada de sus admiradores y otras gentes que habían sido atraídas por el nuevo aspecto que presentaban algunos de aquéllos. El barón belga, su rival el alemán y otros más que tenían bigotes, aparecían ahora con el labio superior recientemente afeitado, y esta novedad provocaba la ovación irónica de los amigos.
Nélida sonreía, bajando los ojos con modestia. Había manifestado el día anterior que nunca podría amar a un hombre con bigotes; ella estaba por el varón a estilo norteamericano, con la cara limpia de pelos lo mismo que los luchadores helénicos. Y esto había bastado para que aquellos hombres, roídos por sorda rivalidad corrieran a ponerse en comunicación con el barbero, presentándose desfigurados ante la veleidosa joven que los abarcaba a todos en un afecto común, sin distinguir a ninguno.
—Esta chica va a volvernos locos—dijo Maltrana a Ojeda, que había corrido también para enterarse del motivo del estrépito—. Ahora parece que su gusto consiste en que los hombres se afeiten. Yo estoy libre de eso: yo he seguido siempre la moda de ahora. Pero usted, Fernando, líbrese de que esa chiquilla le eche el ojo. Veo en peligro sus hermosos bigotes.
—¡A mí!...—exclamó Fernando levantando los hombros despectivamente y mirando a Nélida, que por casualidad fijaba al mismo tiempo sus ojos en él—. No hay peligro, Maltrana... Me vuelvo con la yanqui.
Cuando los dos amigos se reunieron en la mesa, a la hora del almuerzo, notaron la ausencia del doctor Rubau.
—El pobre señor está muy triste—dijo Munster—. Me comunicó anoche que pasaría encerrado todo el día en su camarote. Hoy es el sexto aniversario de la muerte de su señora, y todos los años, esté donde esté, hace lo mismo. Se aísla, piensa en ella, no come; llora con toda libertad.
Maltrana admiró irónicamente la conducta del doctor. ¿Quién podría sospechar esta desesperación romántica en aquel viejo médico, con sus setenta años, sus patillas teñidas y sus dientes montados en oro?... Y en vida de la llorada señora tal vez se habrían peleado los dos frecuentemente y él llevaría sobre su conciencia más de una infidelidad...