En las grandes ciudades de los Estados Unidos, los negocios habían ocupado su pensamiento de mujer práctica y calculadora; después, en París, se había aturdido con la alegre vida de sus compañeras. Pero ahora, en el buque, llevando una existencia de inercia, sin preocupaciones, sin amistades, con largos encierros en el camarote para evitarse el trato de las gentes, la imagen del esposo resurgía en ella con una irresistible novedad, acompañada de estremecimientos largo tiempo olvidados. Además... ¡el calor ecuatorial! ¡la asfixia que se apoderaba de ella a ciertas horas de la noche, oprimiendo su pecho, haciendo zumbar sus oídos, desarrollando ante sus ojos cerrados una cinta de visiones inconfesables, interrumpidas al fin por el sueño!... ¡Ah, John! ¡Pobre grandote, cómo deseaba verlo!...
Torció el gesto Fernando al escucharla decir esto con la mirada perdida en el Océano y una voz monótona de sonámbula. ¡Bonito papel el suyo!... Y saludando irónicamente, anunció que iba a retirarse para que pensase a solas en la próxima entrevista con su esposo.
—No; quédese—ordenó ella—. Tiempo tengo de acordarme de él... Hablemos... Dígame esas palabras bonitas que usted sabe decir y que parecen de comedia: exageraciones, mentiras, cosas de hidalgo que habla de morir si no lo aman.
Después de esto, Ojeda creyó tener a su lado otra mujer, como si se hubiese roto la coraza de hielo tras la cual se había mantenido hasta entonces, irónica y hostil, y de los fragmentos de la rota defensa acabase de surgir algo cálido y vibrante que iba hacia él con la humildad de la hembra que anhela ser vencida.
Pasó por cerca de ellos la alemana con su niño de la mano. No los miró, pero la mirada de Maud fue a ella: una mirada agresiva, de cólera mortal, que pareció clavarse en su espalda. Fernando recordó que así miraba la otra; así eran los ojos de Teri cuando en sus viajes le inspiraba celos una compañera de hotel.
Los ojos de Mrs. Power, cuando dejaron de ver a Mina, volviéronse hacia Fernando con una avidez de posesión. Sonreía escuchando las palabras de su acompañante, su angustiosa súplica, como si pidiese algo imprescindible para la continuación de la existencia.
—Tal vez mañana... tal vez nunca—dijo ella sonriendo con su coquetería cruel, que a Ojeda le pareció forzada esta vez, adivinando más allá de las frías palabras un principio de emoción.
Luego, como si temiese perder la serenidad y decir demasiado, se apresuró a separarse de Fernando. No se podía hablar con él: siempre pidiendo lo mismo. Se retiraba al camarote. Era demasiado atrevido en sus palabras, y había que cortar la conversación.
—A la noche hablaremos, si es usted más juicioso... Por allí viene su amigo; ya tiene compañía... No ponga usted esa cara tan triste. Tenga confianza en la suerte... ¡Quién sabe!...
Y se alejó riendo, burlona y tentadora a la vez, mientras se aproximaba Maltrana llevando sobre el traje de hilo una capa impermeable. Se detuvo en un espacio de la cubierta bañado por el sol, y allí quedó inmóvil, tembloroso y pálido, gozando con visible deleite del ardor ecuatorial.