Describía el viaje por las entrañas lóbregas del buque, su descenso al infierno... de nieve, llevando como virgiliano guía a su amigo don Carmelo. Escaleras mojadas y resbaladizas; paredes que lagrimeaban; luces eléctricas veladas y mortecinas bajo el halo irisado de la humedad; gruesos caños conductores del frío a lo largo de los muros. Primero habían entrado en almacenes donde la frescura todavía resultaba tolerable. Isidro había sentido allí una satisfacción egoísta y maligna pensando en los buenos amigos que sudaban y jadeaban en la cubierta de paseo.

Metíase el frío cosquilleante y travieso por todas las aberturas de las ropas, despertando agradables estremecimientos. Los de la comisaría llevaban gruesos abrigos y capas impermeables. Él reía petulantemente, orgulloso de afrontar con su trajecito blanco estas temperaturas.

Subían y bajaban escaleras; serpenteaban por intrincados corredores bajos de techo, angostos, con muros de acero, semejantes a los pasadizos de un acorazado. En un departamento las verduras y las flores; en otro las frutas: pirámides de manzanas y naranjas, racimos de plátanos, regimientos de piñas alineadas en los estantes como soldados barrigudos acorazados de cobre y con penachos verdes. Un perfume de gran mercado surgía a bocanadas por las puertas: perfume de flores que agonizan lentamente, de frutas y verduras detenidas en su fermentación por la catalepsia del frío, de vinos y cervezas agitados en sus encierros por la continua inestabilidad del buque.

—Llegamos al fin a los frigoríficos—continuó Maltrana—. Unas puertas que tienen de grueso casi tanto como de alto, unos dados de acero que giran ligerísimos sobre sus goznes y se abren y cierran lo mismo que las culatas de los cañones... Crac: una vuelta de muñeca y todo queda justo, acoplado, sin la menor rendija. Al ser abiertas, entra el aire exterior y se condensa instantáneamente, formando un humo blanco junto a las lamparillas eléctricas: algo así como si lloviese sal o hielo molido. Un espectáculo fantástico, Ojeda... Al principio sólo se siente frío en los pies; luego sube y sube el maldito entre el pantalón y la pierna, y a los pocos momentos cree uno que va calzado con polainas de hielo... ¡Y qué «paisajes» se ven en esas profundidades!

Evocaba Isidro el recuerdo de los enormes cuartos de buey rojos y amarillos, con la grasa congelada de su goteo formando estalactitas. Tenían estas carnes la densidad de las cosas inanimadas: una dureza de piedra. Daban la sensación a la vista y al tacto de enormes mazas prehistóricas, con las cuales se podía hendir el cráneo de un elefante.

—La sala del pescado es un paisaje polar. Rocas de hielo amontonadas, y en el interior de estas masas de cristal turbio están los peces de mil formas. Parecen harapos petrificados, tan adheridos a su encierro, que hay que extraerlos a puro hachazo... Las aves, puestas en estantes, las creería usted de cartón piedra, como las que se exhíben en las cenas de los teatros. Da uno con los nudillos en la pechuga de un pavo, y suena lo mismo que un tambor o un cráneo hueco... Y toda esta piedra, este cartón, cuando sale de su encierro se convierte en algo apreciable. Porque usted reconocerá, Ojeda, que aquí no comemos del todo mal.

Él, que deseaba con tanto ahínco visitar esta sección del buque, se había apresurado a huir, tiritando bajo un impermeable facilitado por la piedad de don Carmelo. Sentía recrudecerse su frío al recordar los tortuosos corredores con baldosas rayadas que chorreaban líquida humedad por todas sus ranuras; las puertas de quicio profundo, iguales a ventanas, por las que había que pasar agachando la cabeza y levantando mucho los pies; las enormes cañerías blancas conductoras del frío cubiertas con un forro de hielo, erizadas de agujas de congelación, que brillaban lo mismo que diamantes bajo las luces difusas.

—Mejor se está aquí, Fernando... ¡Bendito sea el calor!... Pero hay que reconocer la importancia de esa invención, que pone el frío al servicio del hombre y permite morir congelado lo mismo que en el Polo estando en pleno Ecuador. Abajo me acordaba de los argonautas españoles que en estos mares vendían los calzones por un vaso de agua tibia... ¡Y nosotros que bebemos fresco a todas horas!... Venga más hacia aquí, Ojeda; yo necesito calor y huyo de la sombra.

Le molestaba un bote de la última cubierta suspendido sobre sus cabezas, que repelía el sol o le dejaba paso, siguiendo el lento vaivén del buque.

Se acodaron los dos amigos en el balcón de la terraza del fumadero, viendo a sus pies los emigrantes septentrionales que llenaban la explanada de popa. Maltrana había estado entre ellos un buen rato antes de bajar a los frigoríficos.