Bebieron fuerte los tres compañeros de Ojeda. Mrs. Power tenía los ojos levemente lacrimosos. De pronto se agrandaban, como si los dilatase el asombro de una visión interna, al mismo tiempo que unas tortuosidades de rubor veteaban sus mejillas. Dilatábase su boca buscando aire, a pesar de que todas las ventanas estaban abiertas y los ventiladores giraban vertiginosamente. «¡Qué calor!...» El ansia de frescura la hacía vaciar la copa que tenía delante, ligeramente empañada por el vino helado. Sonreía mirando a Fernando con unos ojos acariciadores, que éste creía ver por vez primera.
—Déme osté una sigarreta.
El matrimonio Lowe acogió con risas admirativas esta muestra de español de Mrs. Power. Y envuelta en el humo del cigarrillo que le dio Ojeda, siguió mirándolo con una fijeza audaz, como si concentrase toda su voluntad en esta contemplación, sin importarle los comentarios de las personas cercanas.
Maltrana, que iba de una mesa a otra para charlar con sus «queridos amigos», aceptando una copa aquí y bebiendo media botella más allá, se fijó en los ojos de Maud.
—Pero ¡cómo mira esa señora!... ¡Ni que se lo fuese a comer!...
Desde una mesa cercana los espió con cierta envidia. Cerca de media noche abandonaron sus asientos. Lowe se levantaba al amanecer, para ir al gimnasio, tomar la ducha y seguir otras prescripciones del atletismo. Su esposa necesitaba cuidar la voz. Salieron los cuatro, y tras ellos Maltrana.
Junto a una escalera se despidieron, marchando el matrimonio hacia su camarote. Quedaron solos Ojeda y Maud, mirándose frente a frente. Él sentía cierta indecisión, miedo al «buenas noches» glacial y despectivo con que ella había cortado otras veces sus palabras ardorosas.
No tuvo necesidad de hablar. Fue ella la que habló, pero sin mover los labios, con un parpadeo malicioso que transfiguraba su rostro, dándole el rictus de una hembra prehistórica agitada por la pasión. De sus labios salió un leve silbido que equivalía a una orden imperiosa; al mismo tiempo agitó el índice de su diestra como si le llamase.
Maltrana fue tras ellos escalera abajo, avanzando cautelosamente para no ser visto... Pero no necesitó de grandes precauciones. Los dos caminaban sin darse cuenta de lo que les rodeaba, sin saber ciertamente adónde iban, empujada ella por el instinto hacia su vivienda.
Oyó Isidro, oculto en un ángulo del corredor, el ruido de una puerta abierta rudamente. Avanzó, y antes de que se cerrase aquélla con un golpe de pie, pudo ver en su fondo luminoso cómo se entrelazaban unos brazos con la furia concentrada de los luchadores que ansían derribarse, cómo se juntaban dos cabezas lo mismo que si pretendieran morderse.