Introducíanse en algunas travesías entre el rebaño viajero mujeres hermosas y liberales, pródigas en sus gracias, y la paz monótona del Atlántico desaparecía instantáneamente. Los hombres corrían ansiosos tras la carnal limosna; surgían conflictos y peleas, todos se agitaban como locos, y el trasatlántico, fosco y de mal humor, navegaba con el funcionamiento de su vida trastornado, los servicios internos en desorden, deseoso de llegar cuanto antes al final del viaje para sanar de esta enfermedad.

El buque tenía un alma—Maltrana, soñoliento en un sillón, estaba seguro de ello—; un alma que hablaba por su chimenea, como la nave Argos hablaba por el mástil; una conciencia que percibía el motivo de sus acciones, la finalidad de este continuo ir y venir por el Atlántico, arándolo con su quilla de acero.

No estaba solo en la oceánica inmensidad. Otros iguales a él avanzaban detrás de su estela con intervalos de centenares de millas, o marchaban delante con el mismo rumbo. Y desde el opuesto hemisferio, una fila semejante emprendía el regreso, moviéndose todos como un rosario de diligentes hormigas en la infinita llanura atlántica.

Despegábanse diariamente de la tierra europea algunos de estos monstruos, arañando la profundidad con las invisibles zarpas de sus hélices, repleto el vientre de carne humana estremecida por los espejismos de la esperanza. Partían de los muelles escarchados y brumosos del Báltico; de los puertos ingleses negros de hulla, en cuyo ambiente grasoso flota un perfume de té y tabaco con opio; de las costas de Francia oceánica, que oponen sus bancos vivos de mariscos y los pinares de sus landas a los asaltos del fiero golfo de Gascuña; de las bahías de España, copas de tranquilo azul, en las que trenzan sus aleteos las gaviotas asustadas por el chirrido de una grúa o el mugido de una sirena; de las escalas del Mediterráneo, adormecidas bajo el sol; ciudades blancas con la alba crudeza de la cal o la suavidad aristocrática del mármol; ciudades que huelen en sus embarcaderos a hortalizas marchitas y frutos sazonados, y envían hasta los buques, con el viento de tierra, la respiración nupcial del naranjo, el incienso del almendro, rasgueos briosos de guitarra ibérica, gozoso repiqueteo de tamboril provenzal, arpegios lánguidos de mandolina italiana.

Inmóviles en los canales flamencos de aguas negras y burbujeantes, había descendido hasta sus dormidas cubiertas la melodía cristalina del carillón perdido en el misterio de la noche. Grandes puentes giratorios se habían abierto ante ellos, repeliendo las masas de gentío y de carretones, para darles paso en los ríos navegables de Holanda.

Al verse en alta mar, sus proas, como hocicos inteligentes, husmeaban el horizonte, adivinando el sendero a través del infinito. En torno de sus grupas rebullían en jabonosas espumas las olas grises o negras de los mares septentrionales, las azules ondulaciones atlánticas, el inmenso líquido durmiente bajo la pesadez ecuatorial, el Océano verde con escamas de oro de las costas brasileñas, las aguas casi dulces de las costas del Sur, teñidas de rojo por las avenidas de los ríos.

Una vez hablaba a Maltrana, una voz sin vibración, que repercutía en su cerebro sin haber pasado antes por su oído:

—Y así marchamos a través del misterio azul, en busca de una lejana tierra de ensueño para nuestro cargamento de miserias y ambiciones. Hace años, seguíamos todos el mismo rumbo con la tenacidad de un rebaño que no conoce otro camino. Íbamos al Norte de América, tragadero insaciable de hombres, olla hirviente de razas, tierra de prodigios absurdos y opulencias insolentes... Pero ahora, el camino se ha bifurcado: conocemos nuevos mundos. El rebaño de acero y humo se reparte, y mientras unos siguen la antigua senda, nosotros ponemos la proa al Sur, llevando sobre nuestro lomo la aventura y la ilusión, en busca de pueblos nuevos, pueblos de esperanza, pueblos de aurora, cuyos nombres suenan con el retintín del oro.

IX

El primer acto de la fiesta ecuatorial fue el paseo de la música a las nueve de la mañana por todas las cubiertas, deslizándose luego en los pasadizos y recovecos de los camarotes.