Hablaron los cuatro del bautizo, y el hercúleo Lowe comentó los incidentes. Míster Maltrana no había querido dejarse bautizar. ¿Por qué?... Él había pasado la línea varias veces, prestándose siempre a esta ceremonia. En el Goethe también se habría ofrecido, a no oponerse la señora. Una fiesta divertida. Pero míster Maltrana, tenía miedo... ¡Oh! ¡oh! ¡oh! Y reía, mostrando la luenga dentadura incrustada de oro.

Caminaron todos hacia la terraza del café para presenciar la ceremonia del bautismo femenil. Mrs. Lowe, con el instinto de solidaridad que hace adivinar a toda mujer el instante oportuno de ayudar a una amiga, permaneció agarrada de un brazo de Maud, interponiéndose entre ella y Fernando.

Éste buscó en vano una sonrisa leve, una ojeada de inteligencia. Necesitado de consuelo, alababa interiormente la discreción de Maud, la facilidad de su raza para dominarse, ocultando sus impresiones. «¡Qué bien finge!... Nadie adivinaría lo que hay entre nosotros...» Pero tornaba a su memoria el recuerdo de la penosa escena frente a la puerta del camarote. Temblaba en sus oídos el eco de aquella voz casi masculina enronquecida por la cólera... Y con triste humildad pretendía buscar en su conducta algo que explicase esta desgracia. «Pero ¿qué he hecho yo, Señor? ¿En qué he podido ofenderla?...»

Neptuno, en mitad de la terraza con todo su séquito, procedió al bautizo de las pasajeras. Ocupaban éstas varias filas de bancos, como en un colegio, y cada vez que se levantaba una para recibir el agua lustral, los músicos lanzaban por sus largos tubos de cobre un rugido de bélica trompetería semejante al de las escenas wagnerianas.

El dios había suprimido galantemente las inmersiones en agua del mar. Tenía en una mano un gran pulverizador lleno de perfume, y rociaba con él las cabezas reverentes: unas, rubias y despeluchadas por el viento; otras, negras lustrosas, consteladas por el brillo de las peinetas. Todo el regocijo de la ceremonia estribaba en los nombres que iba imponiendo la divinidad a sus catecúmenas con murmullos aprobadores o carcajadas generales.

La imaginación del mayordomo y de los camareros de algunas letras había dado de sí todo su jugo para halagar a las pasajeras con los nombres de estrella marina, rosa del Océano, céfiro del Ecuador, etc. Las señoras mayores eran ondina, ninfa atlántica, náyade, lo que las hacía volver a sus asientos ruborizadas, con el doble mentón tembloroso, entre los murmullos aprobadores y un tanto irónicos de la concurrencia. Con sus compatriotas se permitían los buenos alemanes inocentes bromas para regocijo del público. Una flaca quedaba en su bautismo con la designación de «sardina»; otra obesa recibía el nombre de «tritona».

Maud pareció cansarse de esta ceremonia. Miraba a todos lados, pero evitando que sus ojos se encontrasen con los de Fernando. Un pasajero se acercó a las dos señoras con la gorra en la mano y el aire galante, lo mismo que si se ofreciese para una danza.

—Cuando ustedes quieran... La mesa está preparada en el salón.

Era Munster invitándolas a una partida de bridge. Al fin triunfaba su tenacidad. Había encontrado compañeros de juego en aquellos tres norteamericanos, convenciéndolos una hora antes, mientras presenciaban la ceremonia del bautizo. Maud acogió la invitación alegremente, como si el bridge fuese un buen pretexto para aislarse de importunas presencias.

Se alejó con sus amigos después de un saludo indiferente a Fernando, y éste la vio caminar sin que volviese la cabeza, sin un indicio de vacilación y de arrepentimiento. Otra vez se sintió afligido por una falta suya que no sabía cuál fuese, pero que justificaba esta conducta inexplicable. «¿Qué le he hecho yo, Señor?... ¿Qué le he hecho?...»