Cerraban la marcha varias señoritas de gran sombrero y rubia cabellera suelta, que sonreían impúdicamente a los hombres enviándoles besos. Eran la escolta de honor de tres matronas de hermosos brazos y majestuoso andar, con túnicas blancas y el purpúreo gorro frigio sobre las negras y ondulosas crenchas. Se las reconocía por el color y los adornos heráldicos de sus mantos: la República del Brasil, la República de Uruguay y la República Argentina.
Esta aparición hizo circular entre los pasajeros un movimiento de sorpresa, de ansiedad, como si todos sintiesen a la vez el latigazo del deseo. ¿Dónde habían estado ocultas hasta entonces aquellas buenas mozas?...
Munster requirió sus lentes para apreciar mejor la novedad. Isidro, que afirmaba conocer a todos los del buque, se incorporó asombrado... ¿De dónde salían estas muchachas?... Eran superiores en su esbeltez fresca y dura a todas las camareras flácidas y de talle cuadrado que servían en el buque.
Pero la ojeada atrevida de una de aquellas beldades que danzaban ante las tres repúblicas y el beso que le envió con la punta de los dedos hicieron que Maltrana reconociese de pronto su rostro oculto tras los rizos ondulosos y la capa de colorete y polvos de arroz.
—¡Cristo! ¡Si es el steward de mi camarote!...
Admiró a la luz algo difusa de los faroles las formas y contoneos de estos efebos rubios de carnes blancas y depiladas, así como su facilidad para transformarse.
—Cualquiera reconoce a los mismos que por la mañana limpian los camarotes, sacuden las camas y manejan los cacharros de aguas sucias... Fíjese, Ojeda: ¿quién no se equivoca?... Ahora lo comprendo todo.
La afeminada comparsa avanzó entre las mesas, seguida del asombro de las señoras y los atrevimientos burlescos de los hombres. Algunos de éstos saltaban del requiebro a la acción, pellizcando al paso a las revoltosas señoritas, que contestaban con chillidos de miedo y pudorosos respingos.
Se inflamaron de pronto las luces del techo, huyeron máscaras y animales, como un aquelarre sorprendido por la salida del sol, y únicamente quedaron en el comedor los camareros con sus bandejas de helados, comenzando el reparto.
Ojeda había mirado varias veces a la mesa cercana, donde comía sola Mrs. Power. Estaba vestida con gran elegancia y sobre la carne pálida de su escote centelleaban varios brillantes.