—Márchate... Podrían vernos.

Había entrado en su camarote, estaba al otro lado de la puerta, pero la mantenía a medio cerrar para verle un momento más, acariciándolo con su sonrisa y sus ojos.

Cuando quiso cerrar, no pudo. Una rodilla de Fernando, un codo, se apoyaban en la madera empujándola contra Mina, que oponía el obstáculo de todo su cuerpo. Y en esta situación, pugnando él por abrir y ella por cerrar, hablaron los dos en voz queda, temblona, cortada por estremecimientos de fiebre, como si estuviesen concertando algo penable en el obscuro misterio de este pasadizo a flor de agua.

Él suplicaba... «Déjame entrar... déjame entrar.» Con la cobarde mentira del deseo llevábase una mano al corazón jurando la nobleza de sus intenciones. Podía estar tranquila; no pensaba hacer nada contra su voluntad: lo que ella quisiera y nada más... Deseaba penetrar en su camarote solamente para estrecharla en sus brazos sin miedo a verse sorprendidos por inoportunos transeúntes, para besarla hasta la hartura sin la zozobra que despiertan unos pasos que se aproximan. Debía tener fe en su palabra.

—No... no—gemía ella pugnando por cerrar, sin que la puerta obedeciese a la presión de sus manos y rodillas.

Ojeda insistió. «Déjame que entre...» Nada intentaría contra su voluntad. Daba su palabra de honor... Y en la confusión de su excitado deseo, sin saber ciertamente lo que decía, sin darse cuenta de lo grotesco de sus juramentos, buscó nuevos testigos, nuevos fiadores... Prometía respetarla por lo que amara ella más en el mundo, por todo lo que venerase él con mayor admiración.

—Te lo juro... ¡por Wagner! Te lo juro... ¡por Víctor Hugo!

Fue cediendo la puerta lentamente, como si estas palabras fuesen de un poder mágico. La presión exterior, cada vez más enérgica, la ayudó a girar sobre sus goznes, arrollando las últimas resistencias de Mina.

Y luego de quedar abierta se cerró de golpe, dejando en absoluta soledad la penumbra del corredor.

¡Pobre Wagner!... ¡Pobre Víctor Hugo!...