—¡Siempre solito!...—volvió a repetir—. Usted no quiere ser mi amigo... Le he mirado muchas veces, le he hablado... y nada.
Encogíase humildemente, como si esta pretendida indiferencia de Fernando—de la que él no se había percatado nunca—le causase gran dolor.
—Y el caso es que yo tengo que pedirle una cosa... Deseo que me escriba algo; dos versos nada más: su firma. Quiero conservar un recuerdo para que mis amigas sepan que he viajado con el señor Ojeda, un poeta de España. Todas las niñas tienen algo de usted: una postal, un verso lindo en el abanico. Y yo no tengo nada... Diga, señor, ¿es que le soy antipática?
Mientras hablaba se había sentado en un sillón al lado de Fernando. Al principio mantúvose erguida; pero lentamente se recostó, hasta quedar con las piernas horizontales, mostrando su adorable bulto a través de la angosta falda.
Ojeda acogió su petición con un apresuramiento galante, balbuceando aún por la sorpresa. Escribiría todo un poema, si esto podía darla placer... Sentíase muy honrado con su petición. ¿Tenía un álbum?... No; ella no había pensado en adquirir este volumen, que mostraban con orgullo muchas señoritas de a bordo. Pero le pediría al comisario del buque un cuadernillo en blanco de apuntaciones o un simple pedazo de papel. Lo que le interesaba era el recuerdo. Y al mismo tiempo daba a entender ingenuamente con sus ojos que se había aproximado a él por entablar conversación más que por el interés que pudieran inspirarle los versos.
Continuó Fernando sus excusas. Nunca la había mirado con indiferencia. Ella era la alegría del buque; la mujer más hermosa e interesante: estaba dispuesto a declararlo en verso. Pero ¿cómo acercarse viéndola secuestrada por sus adoradores, defendida por aquella escolta feroz, que a su vez parecía fraccionada y enemistada por los celos?
—¡Ah, mis adoradores!—exclamó ella riendo—. No me hable de ellos; estoy harta... Le advierto, señor, que yo detesto a los muchachos. ¡Gente egoísta e insufrible! Me gustan más los hombres serios y de cierta edad. Saben querer mejor; rodean a una mujer de mayores atenciones.
Y miraba audazmente a Fernando con ojos de provocación, para que no tuviese dudas sobre la persona a la que iban dirigidos tales elogios.
Se había incorporado Ojeda en su asiento para mirarla también con atrevida fijeza. Un perfume de carne joven, de frescura tentadora, parecía envolverla. No era la dulzura marchita de la alemana ni el esplendor de fruto maduro de Mrs. Power. Hasta la imagen de Teri, que se agitaba en su memoria como un remordimiento, perdió algo de su belleza al ser comparada con esta muchacha... Era un hermoso animal exuberante de vida, de fuerza voluptuosa, que iba derramando generosamente los encantos de su primavera. Algunas veces perdía el sonriente aplomo de su amoralidad; parecía dudar con cierto miedo, pero después seguía adelante con mayor ímpetu, guiada por sus impulsos.
Y esta criatura bella e inconsciente, sin más regla de voluntad que el instinto, venía de pronto hacia él por un capricho inexplicable. ¡Dulces sorpresas de la existencia!... No era posible dudar. Bastaba ver sus ojos fijos en él con un ardor de pasión, dilatándose cual si quisieran absorber su imagen; su boca de frescura insolente y esplendorosa escarlata estremeciéndose con un bostezo amoroso, sintiendo repentinos abrasamientos que hacían salir la lengua de su encierro para pasearse por los labios; sus dientes de devoradora que parecían temblar con el fulgor de un acero pronto a hundirse en la carne... No podía explicarse esta buena fortuna; pero era indiscutible que Nélida, abandonando a su tropa de adoradores, se aproximaba a él, que no había hecho esfuerzo alguno por atraerla. Y despertaba en Ojeda el orgullo sexual que duerme en el fondo de todo hombre; la fatuidad masculina, que se considera irresistible con sólo una mirada o una palabra de femenil aprobación; la fe ciega en el propio valer, que acepta como naturales y lógicas todas las aproximaciones, por inverosímiles que sean.