Ojeda pensó con cierta inquietud en las complicaciones y contrariedades que iban a alterar su plácida existencia por obra de esta mujer. Habría de ganarse la simpatía de aquella señora cobriza, luchando además con la mala intención de los de la banda... Y todo ello por un resultado problemático, pues no estaba seguro de que en adelante se mostrase del mismo humor esta muchacha caprichosa y mudable.

Iba a arriesgar una proposición que significase algo positivo, a solicitar una promesa de verse al otro día en lugar menos público que la cubierta de paseo, cuando ella le miró imperiosamente y dijo en voz queda:

—A las doce... Le espero a las doce.

¿A las doce de qué?... ¿Dónde debía estar a las doce?... Nélida pareció impacientarse, al mismo tiempo que sonreía con cierta compasión. ¡Y afirmaban todos que Ojeda tenía talento!... A las doce de aquella noche; y en cuanto a lugar para verse, su camarote. ¿Cuál otro podía ser? Ella le esperaría con la puerta entornada. ¡Qué torpes eran los hombres!...

Así, con sencillez, sin dar importancia alguna a sus indicaciones. Cuando él titubeaba antes de formular una proposición, rebuscando palabras para hacerla más suave, ella había salido a su encuentro, abriéndole el camino rudamente.

Fernando movió la cabeza con gravedad, lo mismo que si se tratase de un lance de honor. Muy bien; a las doce llegaría puntualmente. Nélida dio detalles de su instalación. Ocupaba sola un pequeño camarote; en otro inmediato estaba su hermano; más allá sus padres, en uno más grande. Vería luz en la puerta entreabierta. No tenía más que llegar cautelosamente, arañar la madera... Pero se detuvo en sus indicaciones.

—¡Ya llega ese imbécil!... ¡La orden para ir a dormir!

El imbécil era el hermano, que se presentó saludando a Ojeda con voz balbuciente, mirándolo como a un personaje importante que inspira respeto y poca simpatía.

Nélida, al ponerse de pie, se desperezó con voluptuosa expansión. Parecía más alta, como si su cuerpo se dilatase de los talones a la nuca con el serpenteo nervioso que corría por él.

—Buenas noches, señor... Encantada de las cosas lindas que me ha dicho. No olvide los versos.