—Pero no hablemos de esto, mi hombre. Di que no me guardas rencor por lo de mi hermano... Repite que me quieres como siempre.
Rencor no podía sentirlo Ojeda; era incompatible con el agradecimiento que le inspiraba esta mujer después del regalo de su belleza hecho liberalmente. Pero en la hora que todavía pasó allí, le fue imposible desechar el mal recuerdo del escondrijo y la torturante posición que había sufrido en él... No volvería al camarote de Nélida. Sentíase sin fuerzas para arrostrar una nueva sorpresa, desafiando el ridículo, considerado por él como el más temible de los peligros.
Ella asintió. Se verían en el camarote de Fernando; lo había pensado aquella misma tarde, pero esperaba la proposición. Tenía deseos de visitarlo. Era indudablemente mejor que el suyo: un camarote en la cubierta de lujo y con ventana grande en vez de tragaluz redondo de los de abajo.
—Convenido: esta noche iré, después de las doce. Deja abierta la puerta.
Esta vez Ojeda dio a entender claramente su contrariedad. Aquella muchacha no aguardaba invitaciones: se convidaba a sí misma, sin consultar el humor y los recursos del dueño de la casa. Nélida le miró con ojos suplicantes. «¿No quieres que vaya?...» Si era por miedo a que la sorprendiesen, no debía tener cuidado. Sabría deslizarse sin que nadie la viese. Podía caminar de noche por todo el buque lo mismo que un fantasma, sin huella ni ruido.
Fernando no se atrevió a sacarla de su error. Sentía además cierto orgullo en arrostrar de nuevo el sacrificio tantas veces repetido. «Ven; te esperaré.» Y después de esto procedieron a la minuciosa empresa de abandonar el camarote sin que los enemigos pudiesen sorprender su salida.
Ella fue la primera en avanzar por el pasadizo, explorando sus ángulos y recovecos. Luego silbó suavemente, como un ojeador que indica el sendero, y Fernando abandonó el camarote apresuradamente, seguido en su fuga por los besos que le enviaba Nélida con las puntas de los dedos.
Más que el miedo a ser sorprendido, le había molestado lo ridículo de esta situación. ¡Qué cosas llegaba a hacer un hombre serio influenciado por aquella vida de a bordo, que retrogradaba las gentes a la niñez!... El miedo al ridículo despertó su conciencia por una acción refleja, haciéndole ver la imagen de Teri que le contemplaba con ojos crueles y un rictus desesperado...
Pero no había que pensar en esto. Ya purificaría su alma cuando estuviese en tierra. Por el momento, su abyección resultaba irremediable, y cada vez iría en aumento mientras no abandonase este ambiente. Era esclavo del «gran tentador» de que hablaba Isidro. Sólo le faltaba arrastrarse como los impuros de las leyendas convertidos en bestias.
Durante la comida, el astuto Maltrana, que parecía adivinar sus pensamientos más recónditos, le abrumó con muestras de interés formuladas inocentemente.