—¡Cú... cú!—dijo al entrar, con risa triunfante—. ¡Aquí me tienes!
Se arrojó en brazos de Fernando con cierta emoción, como si éste fuese su primer abandono; luego se apartó rudamente, a impulsos de su movilidad caprichosa. Encendió todas las luces del camarote para examinarlo mejor. Tocaba los libros apilados en el diván, en la mesita y hasta en el lavabo; revolvía los papeles; mostraba una curiosidad infantil ante los objetos de tocador y las ropas de Ojeda. Su deseo de verlo todo adquirió un carácter alarmante.
—Tú debes tener retratos, cartas de amor. ¡A saber lo que traes de Europa guardado en tus maletas!... Enséñame tus conquistas, viejo mío. Muéstramelas... para que me ría.
Luego admiró el camarote. Era más grande que el suyo; el techo más alto, y sobre todo, en vez del tragaluz redondo, tenía ventana, una verdadera ventana como las de las construcciones terrestres. Saltó sobre el diván para sentarse en el alféizar de ella, sacando parte de su cuerpo fuera del buque. Un grato escalofrío hizo temblar su espalda: estremecimiento de frescura por el viento que levantaba el buque en su marcha y que corría sobre su piel, hinchando la tela del suelto kimono; estremecimiento de miedo al verse suspendida en el vacío y la noche, bastándole un leve movimiento de retroceso para caer en el mar.
Ojeda la sostuvo, agarrando sus piernas. Con esta atolondrada podía temerse todo. Y Nélida agradeció su miedo como una manifestación de amor, acariciándole la cabeza, hundiendo sus manos en sus cabellos, alborotándolos.
—Figúrate, negro, que yo me dejase caer así... ¡Ah... ah... ah!—y al lanzar esta exclamación, se echaba atrás, obligando a Ojeda a un esfuerzo violento para retenerla—. Por pronto que se enterasen en el buque e hicieran alto, pasaría mucho tiempo. Pero tú te echarías al agua detrás de mí, ¿no es cierto, mi viejo?... Vendrías a hacerle compañía a tu nena en medio del mar, y nadaríamos juntos hasta que nos buscasen... Y si no nos buscaban, nos ahogaríamos juntos... ¡así!... ¡bien juntitos!
Con la excitación del peligro se abrazaba a él fuertemente, tirando hacia afuera, como si en realidad desease caer de la ventana arrastrando a su amante.
Éste se libró con rudeza del abrazo juguetón e imprudente. Estaban en medio del Océano, lejos de toda costa. Bastaba una leve falta de equilibrio, para que ella se desplomase en aquellas aguas negras que pasaban y pasaban junto al flanco de la nave. Sería un chapuzón en el misterio y el olvido; una caída sin esperanza. Nadie podía verla; la muerte era segura. Y aunque alguien la viese y el buque se detuviera, volviendo sobre su marcha, resultaría difícil encontrar un pequeño cuerpo flotante en esta lóbrega inmensidad que parecía de tinta.
—Nélida, ¡por Dios! baja de la ventana.
Pero ella reía de su miedo, segura al mismo tiempo de la fuerza con que la mantenían sus brazos. «¡Ah... ah... ah!» Y echaba el cuerpo atrás, en el vacío, con tal ímpetu, que Ojeda hubo de hacer grandes esfuerzos para sostenerla.