Llegó el automóvil al Alto de Boa Vista, extensa plaza limitada por el bosque y unas casas bajas, con jardines en el centro y un kiosco de conciertos. Volvió el vehículo a sumirse en la penumbra de la arboleda por un camino estrecho y pendiente. La vegetación era más densa, más salvaje, aglomerándose en los declives de barrancos y precipicios. Pasaba el camino de una altura a otra sobre puentes de un solo arco. El ruido del automóvil hacía correr vertiginosamente sobre sus cuatro patas a extraños roedores que tomaban el sol junto a la ruta. En la maleza adivinábase un misterioso rebullimiento de animales ocultos que escapaban despavoridos, tronchando ramas secas y haciendo llover hojas.

Cerca de la Cascatinha, al pasar una revuelta del camino solitario, vieron tres automóviles parados, y cerca de ellos un ir y venir de hombres. Ojeda presintió inmediatamente quiénes eran éstos, al mismo tiempo que el hermano de Nélida creía reconocerlos, llamándolos por sus nombres.

Se habían tropezado con Maltrana y su tropa. Iban a caer en pleno desafío. Fernando se puso de pie, gritando imperiosamente al chófer para que retrocediese. Tuvo que imponer su voluntad a los dos acompañantes, que parecían entusiasmados por el encuentro. Los agarró del brazo para que no saltasen a tierra mientras el chófer evolucionaba penosamente en el estrecho camino dando la vuelta.

El hermano quiso reunirse con sus amigos, como si en esta soledad pudiesen hacerle algún obsequio. Nélida miraba ansiosamente, temblándole de emoción las alillas de la nariz. ¡Qué interesante!... ¡Ver cómo se peleaban los hombres!... ¡Y tal vez alguno de los dos quedase herido!... Hablaba de esto como de un hermoso espectáculo que iba a perder por culpa de Ojeda. No se le ocurrió por un momento que ella podía ser la causa original de este suceso.

Intentó hacer frente a Fernando. Protestaba de sus imposiciones, y le habló de usted, para dar mayor dureza a su protesta.

—Quiero ver todo Tijuca; quiero ir adonde vivieron Pablo y Virginia. Acuérdese de su promesa: un hombre debe tener palabra.

Él contestó que el buque partía a las doce, y la visita a todo el bosque necesitaba muchas horas. En cuanto a Pablo y Virginia, ni eran del Brasil ni la gruta tenía de ellos otra cosa que el nombre.

—Yo quiero verlos...—repitió Nélida—. Eso lo dice usted por engañarme. No me da la gana de volver a la ciudad.

Pero Ojeda se acordó oportunamente del mercado de Río Janeiro, donde estaban a la venta toda especie de animales de los que produce el trópico: monos de diverso pelaje, loros parleros, vistosos papagayos. La ofreció un regalo para someterla a la obediencia: podía escoger entre estas maravillas de la fauna brasileña. Y bastó tal promesa para que, olvidando a los que dejaba a su espalda, volviese al amoroso tuteo.

—¿De veras, mi viejo?... ¿Vas a regalarme un monito pequeño... así... así?—y achicando la distancia entre ambas manos, se imaginaba un simio de inverosímil pequeñez—. ¿No te parece mejor un loro de los que hablan?... ¿Dices que me regalarás las dos cosas?... ¡Ah, mi viejito rico... mi negro!