Ojeda lo reconoció: era el Emir. Varias veces, al hablarle Isidro de las danzas de los árabes, había mencionado a este joven, alabando su postura de caballero del desierto, que hacía recordar a los héroes de las Orientales cantados por el romanticismo.

El imaginativo Maltrana no había vacilado en darle un nombre y una dignidad. Era, según él, un emir en desgracia. Como lo incluía en el número de sus «queridos amigos», estaba bien enterado de que marchaba por segunda vez a Buenos Aires, donde ejercía pequeñas industrias. Pero esta vulgar realidad desechábala Isidro, por no estar de acuerdo con los deseos de su imaginación, y el joven árabe era un emir, según él, y todos sus compañeros, con mujeres e hijos, fieles súbditos que seguían a su príncipe en el destierro.

A la cabeza de la fila formada por sus vasallos, el Emir balanceábase sobre las caderas, levantaba un pie y lanzaba relinchos bajo la mirada protectora de la señá Eufrasia, que, subida en un caramanchel, presidía la fiesta con toda la majestad de su busto corpulento. Al reparar la buena mujer en Ojeda, se atrevió a sonreírle. Sabía que era español por haberle visto algunas veces con don Isidro.

—¿Ha visto usted, señor, qué moritos graciosos? Y ahí donde usted los ve, con esas caras tan feotas, son unos infelices: más buenos que el pan. Los mejores de todos.

Su marido, el hombre del sombrerón y la faja abultada, se aproximó al escuchar estas palabras. Se adivinaba qué iba a decir, como de costumbre, ansioso de fingida autoridad: «Calla, Ufrasia, y no molestes a este caballero. Las mujeres no sabís na de na». Pero no pudo decirlo.

El flautista lanzó unas notas en falso y calló después, como si se le hubiese atrancado algo en la garganta. Los bailarines quedaron inmóviles, agarrados del talle, una pierna en alto, mirando hacia el castillo central con ojos súbitamente congestionados.

Fernando miró también, influenciado por este silencio, y vio a Maltrana que acababa de descender por una escalerilla de hierro. En mitad de la escalera estaba Nélida mirando a la muchedumbre extendida a sus pies, orgullosa de la emoción que despertaba su presencia. La falda corta y estrecha se había subido impúdicamente con el movimiento de descenso, dejando a la vista una pantorrilla larga, de curva armoniosa, enfundada en una media de seda gris con rayas caladas. En la parte más alta, entre la media y el pantalón, mostrábase un pedazo circular de carne desnuda, blanca y ligeramente sonrosada como el nácar húmedo.

Adivinó ella la causa de esta turbación colectiva, de este silencio repentino, pero quiso prolongar la situación con una coquetería cruel, sonriendo ante el popular homenaje. A Ojeda le pareció oír mentalmente un alarido general, un relincho inmenso que subía hasta el cielo; y no lo lanzaban las bocas, repentinamente secas: partía de los ojos extraviados, de las ropas estremecidas, de las narices palpitantes. La miraban lo mismo que los pueblos primitivos debieron mirar la primera revelación celeste.

Maltrana, al pie de la escalera, torció el gesto e hizo señas, con el enfado de un propietario futuro que ve prodigado sus bienes. Ella, al fin, quiso fijarse en sus extremidades, y sin emoción alguna arregló el desorden de la falda, borrándose la divina aparición como la luna entre nubes.

Sólo entonces volvió la flauta a lanzar sus pastoriles gorjeos y los danzarines reanudaron sus evoluciones. Por toda la explanada circuló inmediatamente una noticia, con la prontitud colectiva de las muchedumbres para inventar y aceptar embustes. Era don Isidro con su novia: una novia millonaria. Se iban a casar apenas llegasen a Buenos Aires.