Fernando torcía el gesto ante la desmesurada explosión de entusiasmo.
«Es demasiado—pensó—. ¡Cuánta dicha habría de contener ese país para dar gusto a tanta gente!...»
Percibíase con toda claridad sobre el cielo azul la blanca silueta de Buenos Aires. Fernando, que la había visto años antes y guardaba el recuerdo de una ciudad inmensa, pero chata, casi a ras de tierra, sin otros salientes que las torres exiguas de sus iglesias, quedó sorprendido al distinguir construcciones altísimas, rascacielos como los de las metrópolis norteamericanas, edificios rematados por minaretes y cúpulas, que brillaban lo mismo que fanales con el reflejo del sol. Comenzaba a ser una ciudad tentacular, distinta exteriormente de la que él había conocido.
Un remolcador ancho, corto, profundo, que recordaba por sus formas la forzuda robustez del toro, vino al encuentro del trasatlántico, pegándose a sus costados para echar a bordo al práctico. Otro remolcador del mismo aspecto se colocó junto a la proa, marchando aparejado con el Goethe, como un perrillo trotador al lado de un elefante.
Los pasajeros olvidaron la ciudad para atender a sus equipajes de mano. Los stewards iban sacándolos de los camarotes y los alineaban en cubiertas y pasillos.
Crecía Buenos Aires con rapidez prodigiosa. No era su aparición igual a la de las ciudades situadas en altas costas, que se dejan ver horas antes de llegar a ellas. Situada en una ribera baja, los buques la distinguían cuando ya estaban junto a ella. Su presencia era casi instantánea y se ensanchaba como una gota de agua en un papel secante, cubriendo las riberas con su dilatación, extendiendo sus irradiaciones lo mismo que si las casas corriesen, queriendo ocupar cuanto antes los terrenos vecinos.
Los emigrantes callaban, con los ojos dilatados por la curiosidad. Adivinó Fernando los pensamientos de estas gentes, muchas de las cuales venían en derechura de la soledad de los campos.
«¡Qué grande!... ¡qué grande!»
Maltrana buscó con sus ojos al señor Antonio el Morenito. De seguro que había olvidado por el momento sus planes originales para hacerse rico. Tal vez sentía un poco de duda, de miedo, y pensaba como los otros: «¡Qué grande!».
—Y sin embargo, esto no tiene nada de grandioso—dijo Isidro—. Es una ciudad vulgar. Si no fuese por el río, la fachada resultaría fea... Pero se presiente que detrás de la fila de edificios que distinguimos, y que es como el testero de la ciudad, existen kilómetros y kilómetros de tierra cubiertos de viviendas. No se ve la grandeza, pero se adivina. Sentimos lo mismo que en presencia de un muro detrás del cual se mueve una muchedumbre invisible.