Se dirigió a la puerta seguida de él, que en su exaltación no se daba cuenta de este cambio repentino. Continuaba hablando en español, repitiendo la misma súplica con un tuteo pasional. Y ella, por dos veces, sonriendo de las dificultades de su pronunciación, le dio la respuesta en el mismo idioma:

—No compregndo... no compregndo.

En el antecomedor le tendió una mano para despedirse. Se retiraba a su camarote: gustaba de acostarse temprano; esta noche había sido extraordinaria. Ojeda se ladeó como si intentase cortarla el paso, al mismo tiempo que su voz se hacía más suplicante. ¿Irse? ¿Dejarlo en la soledad de aquella fiesta, donde todo le era extraño y antipático?... Se sentía enfermo.

Pero ella le atajó con su ironía helada.

—Debe ser el estómago. Vea al médico... A mí no me impresionan esas quejas; ya sabe que no soy poetical.

Fernando insistió. Le esperaba una noche horrible: no podría dormir.

—Yo le enviaré con la doncella unos sellos que dan sueño.

¡Oh, si ella quisiera!... ¡Si le permitiese ir detrás de sus pasos al encuentro de la felicidad!

—No compregndo... no compregndo.

Repitió su súplica en inglés, y ella lo miró entonces de abajo arriba, sin odio, sin escándalo, con extrañeza, como en presencia de un atentado a las buenas formas sociales, asombrada de la rapidez con que aquel hombre pretendía suprimir de golpe todas las esperas prudentes establecidas por la costumbre.