—¿Eh?... ¿qué me dice del trajecito? Tengo otro a más de éste... ¡Cualquiera adivina que es obra de doña Margarita, mi patrona!
Pero Ojeda no se dejó desorientar por tales palabras, y siguió riendo con los ojos puestos en la contusión que desfiguraba a su amigo.
—Cuando se canse de reír, avise—dijo Maltrana, algo amostazado—. Pero ¿no ve usted que nos están mirando esas dignas señoras?... Las conozco, y no quiero perder su amistad. Hablan con mucha soltura de los escándalos de Europa; tienen el propósito decidido de no asustarse de nada, para que no las tomen por unas atrasadas; pero todo es puro exterior, y cuando se despojan de los trajes y los añadidos de París, resultan idénticas a nuestras damas de provincias... Al pasar frente a sus camarotes miro algunas veces por la puerta entreabierta: en el lavabo, marquitos portátiles con imágenes milagrosas nacionales o de importación; en un boliche de la cama, un rosario y más estampas... Tengo miedo de que me echen la culpa a mí, que soy el más infeliz. Me temo que por dejar en buen lugar a sus niños y a los amigos de sus niños, digan que fui yo quien organizó lo de anoche... Y yo tengo interés en estar bien con todo el mundo, en conservar mis amistades.
Fernando no pudo contener su impaciencia. «Pero ¿qué era lo de anoche?...» Maltrana sonrió, como si recordase algo, y dijo, remedando a su amigo, con entonación dramática:
—Soy un miserable... Un miserable que siente asco de sí mismo.
Pero antes de que Fernando pudiera enojarse por este recuerdo, se apresuró a añadir:
—Lo de anoche fue una lección; una lección de cosas y de nombres: una «farra», una «remolienda», como dicen mis amigos de varias repúblicas. Anoche supe también lo que es «curarse», y me curé tan prolijamente, que aquí me tiene con una sed infernal y este adorno junto a un ojo... Pero no me arrepiento: ¡qué muchachos simpáticos! Da gloria tener amigos tan cariñosos. Unos me llamaban gallego, otros me apellidaban godo. ¿Ha notado usted qué variedad de motes amorosos gozamos los españoles en la América que habla español?
—Sí; y en otras repúblicas nos llaman gachupines, patones, sarracenos y no sé qué más. Podría escribirse un tratado geográfico-apodesco para mayor claridad en las relaciones hispanoamericanas... Pero son bromas de familia que no merecen atención: adelante.
Y Maltrana describió la fiesta íntima en el fumadero después del baile, cuando las graves damas con sus hijas se habían retirado a los camarotes y sólo quedaba en la cubierta algún que otro señor entregado a su paseo habitual antes de irse a la cama. Los jugadores de poker habían terminado sus partidas, prudentemente, al ver invadido el salón por una banda de locos que gritaban discursos subiéndose a las mesas, ensayaban suertes de gimnasia con las sillas o se tendían en los divanes colocando los pies entre las copas.
—El pobre mozo del bar, amigo Ojeda, ese rubio con bigotes a lo kaiser, se movía incesantemente de una mesa a otra, descorchando botellas de champán, llenando copas, recogiendo del suelo vidrios rotos. Al principio estaban por grupos: a un lado los sudamericanos, al otro los yanquis y los ingleses, más allá los alemanes, pretendiendo cada uno sobrepujar al vecino en generosidad. Una mesa pedía dos botellas, la otra tres, la otra cuatro; y todos cantaban, intercalando en su música gritos de animales conocidos o fantásticos... Esperábamos la llegada de las damas: unas cuantas coristas que habían prometido no sé a quién, tal vez a nadie, su interesante presencia. Pasaba el tiempo y no venían. Unos amigos hablaron seriamente de ir al camarote de Nélida para traerla a la fiesta y darle una paliza al hermano, proposición que puso foscos al belga y al alemán, como si cada uno por su parte se creyese el depositario del honor de la muchacha.