—No, Teri; tú sabes que debo marcharme. Tú misma me lo aconsejaste; te pareció bien que fuese como un valiente a la conquista de la fortuna. Hace un mes que hablamos del viaje con relativa tranquilidad, y ahora... ahora te opones como una niña. Valor; mírame a mí. ¿Crees que no sufro como tú?...
Pero ella bajaba la cabeza con obstinación. Habían hablado del viaje durante un mes tranquilamente porque todavía estaba lejos. Confiaba... sin saber en qué: no quería pensar. Era algo como la muerte, que todos sabemos que vendrá a su hora; pero la vemos tan lejos... ¡tan lejos!... Guardaba cierta calma cuando el viaje era sólo un motivo de conversación; pero ahora era una realidad, un hecho que iba a ocurrir dentro de unas horas, y no podía resignarse.
—Y no te veré, Fernando; ¡piénsalo bien! No te veré, y pasarán días, semanas, meses, ¡quién sabe si años!... Y tú tampoco me verás, y sólo habrá entre nosotros pedazos de papel en los que intentaremos poner el alma y sólo pondremos letras. ¡Señor! ¡Terminar así... tal vez para siempre, cuando hemos pasado cuatro años juntos, creyendo morir si transcurrían unas semanas sin vernos!...
Estaban en la Carrera de San Jerónimo, marchando en dirección contraria a la gran corriente de gentío que remontaba la calle hacia el interior de la ciudad. Las familias burguesas, endomingadas, llevaban blanqueados los zapatos por el polvo de los paseos. Grupos de hombres comentaban con enérgica gesticulación los incidentes de la corrida de novillos de aquella tarde. Mujeres del pueblo, tirando de la mano de sus pequeños, seguían al marido, que iba con la capa caída, la gorra ladeada y los ojos brillantes, canturreando todos algún coro de la zarzuela de moda. Venían de merendar en las Ventas y paladeaban la última alegría del vino barato, la tortilla de escabeche y la contemplación del mísero paisaje de las afueras, más abundante en techos de cinc, polvo y pianos de manubrio que en aguas y árboles.
—¡Qué rabia me da esta gente!—decía Teri mirándolos con hostilidad y evitando su contacto—. No, rabia no; ¡pobrecitos! Tal vez envidia... ¡Pensar que ellos se quedan y que tú te vas!... Son más dichosos que nosotros: vivirán aquí, donde tan felices hemos sido.
Luego añadió, con un acento de infantil ligereza que contrastaba con su máscara trágica y el brillo lunar de sus ojos:
—Mira, en vez de irte a América, de escribir versos y todas esas ambiciones de judío que te vienen de pronto por ganar dinero debías ser uno de éstos; albañil, por ejemplo: no, albañil no; podías caerte de un andamio, ¡pobrecito mío!... Carpintero; eso es; o ebanista... Ebanista mejor. Y estarías de lo más guapo con tu capa y tu gorra; y yo con mantón y moño alto, lleno de peinetas. Y ahora nos iríamos a nuestro barrio cogiditos del brazo; no como vamos, sino más alegres, y mañana de buena mañana, tú al taller y yo a buscar a mi hombre a mediodía con la cestita llena, y comeríamos juntos en un banco de paseo o al borde de una acera... Y mi hombre, como es buen mozo, seguramente que gustaría a otras, y yo me pelearía con ellas y les arrancaría el moño... Di, ¿no me crees capaz de reñir por ti, para que no se te lleve otra?... Pero el mundo está mal arreglado. ¡Y pensar que estas pobres gentes tal vez nos envidien a nosotros!... ¡A ti, que te vas sin saber por qué ni para qué! ¡A mí, que seguramente voy a morir!... No hay justicia, Señor, ni pizca de justicia.
Este deseo de vida popular transformó repentinamente sus ademanes y su lenguaje.
—¡Dinero cochino!... ¡dinero indecente! El tiene la culpa de todo lo que nos pasa. Por él te vas tú y me quedo yo muerta de pena. ¡Pero Señor! ¿no podría ser ese dinero canalla como el sol, como el aire, que es de todos y para todos? Las mujeres no entendemos de muchas cosas, pero yo creo que así debía arreglarse el mundo para que las gentes fuesen felices... Y si no puede ser así, que lo supriman al muy ladrón... No, no hables; no me irrites con tus palabrotas de sabio; no me hagas la contra, mira que estoy muy nerviosa. Di conmigo: «¡Muera el dinero!».
Y como si con estas palabras hubiese desahogado toda su indignación, añadió mansamente: