Cada mocetón usaba de su idioma para exteriorizar el entusiasmo. Algunos árabes de bronceada y nerviosa delgadez permanecían silenciosos, pero avanzaban el cuello lo mismo que los caballos de carreras, brillando sus ojos de brasa con un fulgor homicida, mostrando sus dientes ansiosos de morder. La fraulein, de un rubio pajizo, regordeta, blanca y apretada de carnes, sonreía con ingenuidad, manteniéndose a distancia de la reja, a través de cuyos hierros manoteaban las fieras. Pero no por esto se decidía a huir, prefiriendo a los paseos superiores, abiertos al aire y la luz, la permanencia en este pasillo medio obscuro, donde recibía el homenaje tembloroso y exacerbado del deseo viril. Sus ojos grises y su rostro de una blancura tierna, semejante a la de un merengue, acogían con visible complacencia estas palabras de brutal homenaje en idiomas que no podía entender.
Algunos de los muchachos, que eran españoles, trataban con respetuosa familiaridad a Maltrana, que por algo se creía «el hombre más popular del buque».
—Don Isidro, tráiganos pa aquí a esa güena moza... ¡Retrechera!... ¡Cachonda!
Otros, que habían vivido en la Argentina, se unían a este coro de entusiasmo murmurando con arrobamiento:
—¡Preciosura! ¡Lindura!
Un napolitano suplicaba a Maltrana, con humildad, como si fuese el dueño del buque:
—¡Siñor, que nos la echen!... ¡Mande que nos la echen!
Isidro volvió a cerrar la verja y fue avanzando entre los jóvenes.
—¡Orden, muchachos!... Orden y formalidad. A ver si viene un alemanote de ésos y os larga un par de mamporros por sinvergüenzas.
Las fieras enardecidas volvieron a agolparse en la verja, mientras la ingenua fraulein les volvía la espalda y se arrodillaba en la alfombra para juguetear con el pequeñuelo, mostrando la blancura de sus medias repletas de carne firme, la curva pecadora de su falda abombada por ocultas esfericidades.