—No serán más bravos que los seviles y los carabineros de nuestra tierra—contestó el Morenito con arrogancia—. Yo sé lo que es eso... ¡Bah! ¡Me los como!

—Pero los indios no se dejarán zurrar así como así—arguyó otro. Deben ser gente brava... gente salvaje.

—A ésos—dijo el matón despectivamente—, a ésos también me los como.

Se aproximó al grupo un nuevo oyente, saludando a Maltrana, con fina sonrisa, en la que había algo de burla para el valentón.

—Aquí tenemos a don Juan—dijo Isidro—. Éste no entra en nuestra partida: no es hombre que sirva para el caso.

—No señó, no entra—contestó el Morenito—. A don Juan, en sacale de sus librotes no sirve pa mardita la cosa... Mu güena persona, mu cabayero, pero no va a ganá en su vida dos pesetas.

Era alto y enjuto de carnes, con luengas barbas que a pesar de su juventud le daban un aspecto venerable. Hablaba con voz dulce y ademanes reposados, interpolando en sus palabras una risa discreta, que era el eterno acompañamiento de su conversación. Según Maltrana, este amigo respiraba optimismo y confianza en la vida, esparciendo en torno de su persona un ambiente de contento. Y sin embargo, vivía en el entrepuente, mezclado con el rebaño inmigrante, sin otras consideraciones que las que le concedían sus compañeros de viaje, cautivados por la dulzura de su carácter y la superioridad de educación. Sus trajes, viejos y raídos, eran de buen corte; se notaban en su persona los vestigios de una situación más próspera. En sus manos finas quedaba como recuerdo familiar una antigua sortija, salvada de los apremios de la pobreza.

El curioso Maltrana conocía algo de su vida. Juan Castillo era un agrónomo que había intentado en las tierras de panllevar heredadas de sus padres la realización de todos los adelantos aprendidos en una gran escuela de Bélgica; ensueños de poeta agrícola realizados con el ímpetu de una voluntad entusiástica y crédula. La usura le había proporcionado un pequeño capital para su empresa, y luego de batallar algunos años con la rutina de los campesinos, de habituarlos a vivir en paz con las máquinas y de extraer de las profundidades del subsuelo las venas líquidas para esparcirlas en redes de irrigación, cuando la tierra empezaba a responder a estos esfuerzos con sus primeros productos, los acreedores habían caído sobre él, ejecutándolo con glacial ferocidad.

—Conozco el procedimiento—había dicho Maltrana al oírle por vez primera—. Es el mismo de las tribus antropófagas. Le dieron a usted alimento, le dejaron tranquilo para que echase caries, y cuando estuvo a punto, ¡zas! el degüello y banquete canibalesco.

Huía de la ruina, perdida la herencia de sus padres, perdido el crédito, deshonrado por deudas a las que daban sus acreedores un carácter delictuoso; todo ello por querer innovar con arreglo a sus estudios una agricultura estacionaria casi igual a la de los primeros tiempos de la humanidad. Y en su fuga había mirado al Sur, como todos los que navegaban en aquella cáscara de acero, presintiendo más allá del círculo oceánico renovado diariamente una tierra remozadora de existencias, donde las vidas destrozadas se contraían virginalmente lo mismo que capullos para empezar el curso de una nueva evolución. La esperanza le había rozado también con su aleteo ilusorio. Casi celebraba esta ruina que le había desarraigado de la tierra paterna. ¿Quién podía saber lo que le esperaba al otro lado del Océano?...