Fernando suplicó como un niño atemorizado. ¡Valor! Debía sobreponerse a sus emociones. Teri era valiente cuando quería.

—Te vas—gimió ella, sin escucharle—. Ahora me convenzo. Hasta este instante no había visto claro. Es cierto que te vas. ¡Y no hay remedio!... ¡Qué cosa tan horrible!

Así permanecieron mucho tiempo: María Teresa, apoyada en el respaldo del banco, con una mano en el rostro y la otra perdida en el manguito; Fernando de pie, intentando infundirla valor con palabras incoherentes. Los dos temblaban de frío sin darse cuenta de ello, estremecidos por el viento glacial que hacía oscilar los focos de luz. El dolor los mantenía como alejados de sus cuerpos, sordos a sus sensaciones, insensibles a toda impresión externa.

Avanzaban lentamente, por una calle inmediata al paseo, las rojas linternas de un coche de alquiler.

—Llámalo—dijo ella con resolución, incorporándose—. Acabemos pronto; esto no puede durar más tiempo... Mejor que nos separemos aquí.

Él asintió con la cabeza. Sí; mejor sería. ¡Para qué prolongar este martirio!...

Y cuando el coche se detuvo, María Teresa marchó hacia él, irguiendo el busto, pero con paso vacilante, torciendo el rostro para no ver a Ojeda. Titubeó un momento al poner el pie en el estribo, y acabó por retroceder.

—Págale y que se vaya... Iremos a pie hasta la Cibeles. Nos veremos un momento más.

Fernando aprobó otra vez. El dolor anulaba su voluntad, y por esto aceptó como una dicha la prolongación de su tormento.

Volvieron a tomarse del brazo y caminaron silenciosos, lentamente. Sus ojos se rehuían. Evitaban hablarse, temiendo despertar con las palabras su desesperación. Les bastaba sentirse el uno junto al otro, percibir las vibraciones de sus dos vidas con el roce de sus cuerpos puestos en contacto. Teri parecía obsesionada por sus recuerdos y murmuró unas palabras, como si se hablase a ella misma, con una voz monótona y vagorosa, igual a la de los que sueñan: