Ahora fue Maltrana el que rompió a reír.

—¡Poeta sensible y de vista corta!... Esperaba de un momento a otro su objeción. «¡Los crímenes que comete el capital en sus grandes empresas mundiales!...» Sí, los reconozco: son los mismos crímenes de los grandes conquistadores que han trastornado el curso de la Historia; los crímenes de las revoluciones que nos dieron la libertad. El hombre pasa y la obra queda. Poco importa que caigan algunos si su muerte beneficia a todos los humanos... Además, lo que hoy aparece como un crimen es mañana un sacrificio heroico...

Quedó silencioso unos instantes, como si buscase un ejemplo, y luego añadió:

—Hace poco han terminado en el interior de la América ecuatorial un ferrocarril a través de tierras inexploradas, pantanos en los que duerme la muerte, bosques inhospitalarios. Los trabajadores han caído a miles en esta obra: cada kilómetro tiene al lado un cementerio; las fiebres de la tierra removida, los reptiles venenosos, los caimanes de las ciénagas, han matado más hombres que en una batalla. Las familias de los muertos y las almas sensibles prorrumpieron en alaridos de indignación contra la Compañía constructora. «Explotadores sin conciencia, que por hacer un buen negocio y aumentar sus dividendos llevan los hombres como bestias al matadero.» Y tenían razón; su protesta era justa. Decían la verdad. Pero los capitalistas, que viven lejos y tal vez no se molestarán nunca yendo a contemplar esta obra suya, pueden responder desde sus escritorios: «Gracias a nuestra audacia fría y dura, los hombres tienen un camino para llegar a países nuevos que guardan enormes riquezas. Hemos puesto en comunicación con el resto del mundo las entrañas olvidadas de todo un continente». Y también ellos tienen razón; también dicen la verdad... Porque ya sabe usted, Ojeda, que eso de la verdad única e indiscutible es una ilusión humana. Cada uno tiene la suya. Existen en nosotros tantas verdades como intereses.

Ojeda permaneció silencioso como si no le interesase contradecir a su amigo, y éste continuó:

—La literatura es la culpable de ese desprecio que muestran por el dinero todos los que son incapaces de conquistarlo. Quiere educar al vulgo, y emplea para ello ideas viejas, patrones que se cortaron hace siglos. Todo novelista que se respeta, todo dramaturgo que posee el secreto de hacer patalear de entusiasmo al público, no conoce vacilaciones al graduar la simpatía atractiva de sus personajes. El hombre funesto, el «traidor» de la obra, ya se sabe que debe ser un rico, un manipulador de caudales; y si ostenta el título de banquero, mejor que mejor. Los banqueros tienen asegurado en las obras literarias un éxito de odio y de rechifla. Los personajes simpáticos son pobres, y dicen cosas muy hermosas sobre las infamias del «vil metal» y la necesidad de idealizar la vida.

El arte literario sólo había dispuesto, según Maltrana, de cuatro resortes para mover sus criaturas: el amor, el odio, el hambre y el miedo. El dinero se mostraba alguna vez en ciertos autores, pero como un accesorio, como un telón negro para que se destacasen mejor las figuras de los personajes simpáticos. El amor, con sus combinaciones y conflictos innumerables y siempre iguales, era el que llenaba por entero libros y comedias.

—Y así llevamos siglos sin enterarnos de que en el mundo hay algo más que el amor; y hasta los más bobos empiezan a cansarse de tanto papel impreso y tantas salas iluminadas para hacernos conocer las angustias y conflictos de dos seres que quieren acostarse juntos y no encuentran el medio, o las crisis de alma de una señora que desea faltarle a su marido y no sabe cómo empezar... No; en el mundo, el amor no lo es todo. Le dedicamos algunas horas de nuestra existencia (que por cierto no resultan las más despreciables), pero más tiempo nos lleva la preocupación del dinero y la lucha titánica por conquistarlo. Si la literatura fuese un reflejo de nuestra existencia y no un entretenimiento halagador para los ociosos, hace años que figuraría en ella como elemento principal el dinero moderno, que ha creado una aristocracia de la voluntad, unos héroes más nobles e interesantes que esos galanes pobres que lloriquean de amor, dicen palabras bonitas y son incapaces de ganar un poco de plata para que la señora de sus pensamientos viva con mayores comodidades.

—Siga usted—dijo Fernando—. Creo estar en Madrid en un estudio de pintor, en un saloncillo del Ateneo, en una tertulia de café... Esto me rejuvenece.

—Ríase, pero sepa que me da rabia la hipocresía de los «sacerdotes del ideal», que maldicen el dinero en público y luego corren tras él como un cobrador de Banco. Aún quedan algunos solitarios que escriben como cantan los pájaros, sin importarles lo que ello pueda valerles. Pero éstos no cuentan para nada, y poco a poco caen en el olvido. Hoy la fama literaria se aprecia por el número de representaciones y la cantidad de volúmenes; o lo que es lo mismo, por el dinero que percibe el autor. Antes de escribir se consulta el gusto del vulgo, para que la tirada del libro sea grande o la sala de espectáculos esté repleta muchas noches. Y luego, estos inventores de sonoras maldiciones al dios amarillo, cuando llega el ajuste de cuentas con el editor o el empresario, son capaces de andar a cachetes por peseta más o menos... No, Ojeda; yo prefiero la franqueza brutal. El dinero es vil, pero solamente para aquellos que no lo poseen. A mí, pobre siervo de la pluma, me ha hecho cometer grandes bajezas. Un día he escrito una cosa, y meses después, por unas pesetas más, he pasado a la casa de enfrente para escribir todo lo contrario. Por eso quiero hacerlo mío: para sentirme digno y libre por primera vez en mi existencia. Mi dios se venga de los que le llaman vil sometiéndolos a la humillación, que es el mayor de los envilecimientos.