—¡No!—exclamó ella interrumpiéndole con angustia—. Tú, no. Bastante hay con el otro... ¡Qué horror! Tú también herido, mutilado para siempre, tal vez muerto... No; vive. Prefiero que vivas, aunque seas de otra. Que yo sepa que existes, que te vea alguna vez aunque me hayas olvidado, aunque pases indiferente como si no me conocieses.

En su protesta gritaba el amor ardoroso, el amor irreflexivo y heroico, que acepta todas las penas á cambio de que el ser preferido siga existiendo.

Pero á continuación, para que Julio no sintiese el engaño de una falsa esperanza, añadió:

—Vive; tú no debes morir; sería para mí un nuevo tormento... Pero vive sin mí. Olvídame. Es inútil cuanto hablemos: mi destino está marcado para siempre al lado del otro.

Desnoyers volvió á entregarse al desaliento, adivinando la ineficacia de ruegos y protestas.

—¡Ah, cómo le amas!... ¡Cómo me engañaste!

Ella, como suprema explicación, volvió á repetir lo dicho al principio de la entrevista. Amaba á Julio... y amaba á su marido. Eran amores distintos. No quería decir cuál resultaba más ardiente, pero la desgracia la impelía á escoger entre los dos, y aceptaba al más doloroso, el de mayores sacrificios.

—Tú eres hombre y no podrás entenderme nunca... Una mujer me comprendería.

Julio, al lanzar una mirada en torno de él, creyó que la tarde había sufrido los efectos de un fenómeno celeste. El jardín seguía iluminado por el sol, pero el verde de los árboles, el amarillo del suelo, el azul del espacio, las espumas blancas del río, todo le pareció obscuro y difuso, como si cayese una lluvia de ceniza.

—Entonces... ¿todo ha terminado entre nosotros?