Aquel mocetón era hijo suyo. Estaban refugiados desde el día anterior en la cueva de su casa incendiada. El hambre les había hecho salir, luego de librarse de una muerte por asfixia. Los alemanes, al ver á su hijo, lo habían golpeado y querían fusilarlo, como fusilaban á todos los mozos. Creían que el muchacho tenía veinte años: lo consideraban en edad de ser soldado, y para que no se incorporase al ejército francés, lo iban á matar.

—¡Es mentira!—gritó la mujer—. No tiene mas que diez y ocho... Tampoco diez y ocho... menos aún: sólo tiene diez y siete.

Se volvía á otras mujeres que iban detrás de ella, para invocar su testimonio; tristes hembras, igualmente sucias, con el rostro ennegrecido y las ropas desgarradas, oliendo á incendio, á miseria, á cadáver. Todas asentían, agregando sus gritos á los de la madre. Algunas extremaban sus declaraciones, atribuyendo al muchacho diez y seis años... quince. Y á este coro de femeniles vociferaciones se unían los gemidos de los pequeños, que contemplaban á su hermano con los ojos agrandados por el terror.

El comandante examinó al prisionero mientras escuchaba al suboficial. Un empleado del Municipio había confesado aturdidamente que tenía veinte años, sin pensar que con esto causaba su muerte.

—¡Mentira!—repitió la madre, adivinando por instinto lo que hablaban—. Ese hombre se equivoca... Mi hijo es robusto, parece de más edad, pero no tiene veinte años... El señor, que lo conoce, puede decirlo. ¿No es verdad, señor Desnoyers?

Al ver reclamado su auxilio por la desesperación maternal, creyó don Marcelo que debía intervenir, y habló al comandante. Conocía mucho á este mozo—no recordaba haberlo visto nunca—y le creía menor de veinte años.

—Y aunque los tuviera—añadió—, ¿es eso un delito para fusilar á un hombre?

Blumhardt no contestaba. Desde que había recobrado sus funciones de mando parecía ignorar la existencia de don Marcelo. Fué á decir algo, á dar una orden, pero vaciló. Era mejor consultar á Su Excelencia. Y viendo que se dirigía al castillo, Desnoyers marchó á su lado.

—Comandante, esto no puede ser—comenzó diciendo—. Esto carece de sentido. ¡Fusilar á un hombre por la sospecha de que pueda tener veinte años!...

Pero el comandante callaba y seguía caminando. Al pasar el puente oyeron los sonidos del piano. Esto pareció de buen augurio á Desnoyers. Aquel artista que le conmovía con su voz apasionada iba á decir la palabra salvadora.