Una mañana, doña Luisa, en vez de entrar en la iglesia de la plaza Víctor Hugo, siguió adelante hasta la rue de la Pompe, halagada por la idea de ver el estudio. Le pareció que con esto iba á ponerse en contacto con su hijo. Era un placer nuevo, más intenso que contemplar su fotografía ó leer su última carta.
Esperaba encontrar á Argensola, el amigo de los buenos consejos. Sabía que continuaba viviendo en el estudio. Dos veces había ido á verla por la escalera de servicio, como en otros tiempos, pero ella estaba ausente.
Al subir en el ascensor, palpitó su corazón con una celeridad de placer y de angustia. Se le ocurrió á la buena señora, con cierto rubor, que algo semejante debían sentir las «mujeres locas» cuando faltaban por primera vez á sus deberes.
Sus lágrimas surgieron con toda libertad al verse en, aquella habitación cuyos muebles y cuadros le recordaban al ausente.
Argensola corrió desde la puerta al fondo de la pieza, agitado, confuso, saludándola con frases de bienvenida y removiendo al mismo tiempo objetos. Un abrigo de mujer caído en un diván quedó borrado por una tela oriental; un sombrero con flores fué volando de un manotazo á ocultarse en un rincón. Doña Luisa creyó ver en el hueco de un cortinaje una camisa femenil que huía, transparentando rosadas desnudeces. Sobre la estufa, dos tazones y residuos de tostadas denunciaban un desayuno doble. ¡Estos pintores!... ¡Lo mismo que su hijo! Y se enterneció al pensar en la mala vida del consejero de Julio.
—Mi respetable doña Luisa... Querida Madama Desnoyers...
Hablaba en francés y á gritos, mirando á la puerta por donde había desaparecido el aleteo blanco y rosado. Temblaba al pensar que la compañera oculta incurriese en celosos errores, comprometiéndole con una extemporánea aparición.
Luego hablaron del soldado. Los dos se comunicaban sus noticias. Doña Luisa casi repitió textualmente los párrafos de sus cartas, tantas veces releídas. Argensola se abstuvo modestamente de enseñar los textos de las suyas. Los dos amigos empleaban un estilo epistolar que hubiese ruborizado á la buena señora.
—Un valiente—afirmó con orgullo, considerando como propios los actos de su compañero—, un verdadero héroe: y yo, Madama Desnoyers, entiendo algo de esto... Sus jefes saben apreciarle...
Julio era sargento á los dos meses de estar en campaña. El capitán de su compañía y otros oficiales del regimiento pertenecían al Círculo de esgrima donde él había obtenido tantos triunfos.