Una mañana, al dirigirse Chichí á la avenida del Bosque escoltada por una de sus doncellas cobrizas, vió á un militar que marchaba hacia ella.

Vestía un uniforme flamante, del nuevo color azul grisáceo, color de «horizonte», adoptado por el ejército francés. El barboquejo del kepis era dorado y en las mangas llevaba un pequeño retazo de oro. Su sonrisa, sus manos tendidas, la seguridad con que avanzaba hacia ella, le hicieron reconocerle. ¡René oficial!... ¡Su novio subteniente!

—Sí; ya no puedo más... Ya he oído bastante.

A espaldas del padre y valiéndose de sus amistades había realizado en pocos días esta transformación. Como alumno de la Escuela Central, podía ser subteniente en la artillería de reserva, y había solicitado que le enviasen al frente. ¡Terminado el servicio auxiliar!... Antes de dos días iba á salir para la guerra.

—¡Tú has hecho eso!—exclamó Chichí—. ¡Tú has hecho eso!...

Le miraba, pálida, con los ojos enormemente agrandados, unos ojos que parecían devorarle con su admiración.

—Ven, pobrecito mío... Ven aquí, soldadito dulce... Te debo algo.

Y volviendo su espalda á la doncella, le invitó á doblar una esquina inmediata. Era lo mismo: la calle transversal estaba tan frecuentada como la avenida. ¡Pero el cuidado que le daban á ella los curiosos!... Con vehemencia, le echó los brazos al cuello, ciega é insensible para todo lo que no fuese él.

—Toma... toma.

Plantó en su cara dos besos violentos, sonoros, agresivos.