No necesitó decir más. Desnoyers sintió de pronto un deseo vehemente de ver á su hijo. Llevaba muchos meses teniendo que contentarse con la lectura de sus cartas y la contemplación de una fotografía hecha por uno de sus camaradas...

Desde entonces asedió á Lacour como si fuese uno de sus electores deseoso de un empleo. Le visitaba por las mañanas en su casa, lo invitaba á comer todas las noches, iba á buscarle por las tardes en los salones del Luxemburgo. Antes de la primera palabra de saludo, sus ojos formulaban siempre la misma interrogación... «¿Cuándo conseguiría el permiso?»

El grande hombre lamentaba la indiferencia de los militares con el elemento civil. Siempre habían sido enemigos del parlamentarismo.

—Además, Joffre se muestra intratable. No quiere curiosos... Mañana veré al Presidente.

Pocos días después llegó á la casa de la avenida Víctor Hugo con un gesto de satisfacción que llenó de alegría á don Marcelo.

—¿Ya está?...

—Ya está... Pasado mañana salimos.

Desnoyers fué en la tarde siguiente al estudio de la rue de la Pompe.

—Mañana me voy.

El pintor deseó acompañarle. ¿No podría ir también como secretario del senador?... Don Marcelo sonrió. La autorización servía únicamente para Lacour y un acompañante. El era quien iba á figurar como secretario, ayuda de cámara ó lo que fuese de su futuro consuegro.