Al ver los soldados al jefe se formaban en fila. Sus cabezas quedaban al nivel del talle de los que iban pasando por los tablones. Desnoyers miró con avidez á todos estos hombres. ¿Dónde estaría Julio?...
Se fijó en la fisonomía especial de los diversos reductos. Todos parecían iguales en su construcción, pero los ocupantes los habían modificado con sus adornos. La cara exterior era siempre la misma, cortada por aspilleras en las que había fusiles apuntados hacia el enemigo y por ventanas de ametralladoras. Los vigías, de pie junto á estas aberturas, espiaban el campo solitario, como los marinos de cuarto exploran el mar desde el puente. En las caras interiores estaban los armeros y los dormitorios: tres filas de literas hechas con tablas, iguales á los lechos de los hombres de mar. El deseo de ornato artístico que sienten las almas simples había embellecido los subterráneos. Cada soldado tenía un museo formado con láminas de periódicos y postales de colores. Retratos de comediantas y bailarinas sonreían con su boca pintada en el charolado cartón, alegrando el ambiente casto del reducto.
Don Marcelo sintió impaciencia al ver tantos centenares de hombres sin encontrar entre ellos á su hijo. El senador, avisado por sus ojeadas, habló al jefe, que le precedía con grandes muestras de deferencia. Este hizo un esfuerzo de memoria para recordar quién era Julio Desnoyers. Pero su duda fué corta. Se acordó de las hazañas del sargento.
—Un excelente soldado—dijo—; van á llamarlo inmediatamente, señor senador... Está de servicio con su sección en las trincheras de primera línea.
El padre, impaciente por verle, propuso que los llevasen á ellos á este sitio avanzado; pero su petición hizo sonreir al jefe y á los otros militares. No eran para visitas de paisanos estas zanjas descubiertas, á cien metros, á cincuenta metros del enemigo, sin otra defensa que alambrados y sacos de tierra. El barro resultaba perpetuo en ellas; había que arrastrarse, expuestos á recibir un balazo, sintiendo caer en la espalda la tierra levantada por los proyectiles. Sólo los combatientes podían frecuentar estas obras avanzadas.
—Siempre hay peligro—continuó el jefe—, siempre hay tiroteo... ¿Oye usted cómo tiran?
Desnoyers percibió, efectivamente, un crepitamiento lejano en el que no se había fijado hasta entonces. Experimentó una sensación de angustia al pensar que su hijo estaba allí, donde sonaba la fusilería. Se le aparecieron con todo el relieve de la realidad los peligros que le rodeaban diariamente. ¿Si moriría en aquellos momentos, antes de que él pudiese verle?...
Transcurrió el tiempo para don Marcelo con una desesperante lentitud. Pensó que el mensajero que había salido con el aviso para la trinchera avanzada no llegaría nunca. Apenas se fijó en las dependencias que les iba mostrando el jefe: piezas subterráneas que servían á los soldados de gabinetes de aseo y desaseo; salas de baño de una instalación primitiva; una cueva con un rótulo: «Café de la Victoria»; otra cueva con un letrero: «Teatro»... Lacour se interesaba por todo esto, celebrando la alegría francesa, que ríe y canta ante el peligro. Su amigo continuaba pensando en Julio. ¿Cuándo le encontraría?...
Se detuvieron junto á una ventana de ametralladora, manteniéndose, por recomendación de los militares, á ambos lados de la hendidura horizontal, ocultando el cuerpo, avanzando la cabeza prudentemente para mirar con un solo ojo. Vieron una profunda excavación y el borde opuesto del suelo. A corta distancia, varias filas de equis de madera unidas por hilos de púas, que formaban un alambrado compacto. Cien metros más allá, un segundo alambrado. Reinaba un silencio profundo, un silencio de absoluta soledad, como si el mundo estuviese dormido.
—Ahí están los boches—dijo el comandante con voz apagada.