Se hizo un silencio de estupefacción, como si hubiese sonado en el buque la señal de alarma. Algunos de los que se llevaban el cigarro á los labios quedaron con la mano inmóvil á dos dedos de la boca, abriendo los ojos desmesuradamente. Pero allí estaba el capitán de la landsturm para dar forma á su muda protesta.
—¡Devolver!—dijo con una voz que parecía ensordecida por el repentino hinchamiento de su cuello—. Nosotros no tenemos por qué devolver nada, ya que nada hemos quitado. Lo que poseemos lo ganamos con nuestro heroísmo.
La oculta rodilla se hizo más insinuante, como si aconsejase prudencia al joven con sus dulces frotamientos.
—No diga usted esas cosas—suspiró Berta—. Eso sólo lo dicen los republicanos corrompidos de París. ¡Un joven tan distinguido, que ha estado en Berlín y tiene parientes en Alemania!...
Pero Desnoyers ante toda afirmación hecha con tono altivo sentía un impulso hereditario de agresividad, y dijo fríamente:
—Es como si yo le quitase á usted el reloj y luego le propusiera que fuésemos amigos, olvidando lo ocurrido. Aunque usted pudiera olvidar, lo primero sería que yo le devolviese el reloj.
Quiso responder tantas cosas á la vez el consejero Erckmann, que balbuceó, saltando de una idea á otra: ¡Comparar la reconquista de Alsacia á un robo!... ¡Una tierra alemana!... La raza... la lengua... la historia...
—Pero ¿dónde consta su voluntad de ser alemana?—preguntó el joven sin perder la calma—. ¿Cuándo han consultado ustedes su opinión?...
Quedó indeciso el consejero, como si dudase entre caer sobre el insolente ó aplastarlo con su desprecio.
—Joven, usted no sabe lo que dice—afirmó al fin con majestad—. Usted es argentino y no entiende las cosas de Europa.