En la entrada de la estación, mientras besaba por última vez á su hermano, había tenido un encuentro, una gran sorpresa. El había llegado, vestido igualmente de oficial de artillería, pero solo, teniendo que confiar su maleta á un hombre de buena voluntad salido de la muchedumbre.
Julio hizo un gesto de interrogación. ¿Quién era él? Lo sospechaba, pero fingió ignorancia, como si temiese conocer la verdad.
—Laurier—contestó ella lacónicamente—. Mi antiguo marido.
El amante mostró una ironía cruel. Era un acto cobarde denigrar á este hombre que había marchado á cumplir su deber. Reconoció su vileza, pero un instinto maligno é irresistible le hizo insistir en sus burlas, para rebajarlo ante Margarita. ¡Laurier militar!... Debía ofrecer un aspecto ridículo vestido de uniforme.
—¡Laurier guerrero!—continuó con una voz sarcástica que le extrañaba, como si procediese de otro—. ¡Pobre hombre!...
Ella dudó en su respuesta por no contrariar á Desnoyers. Pero la verdad pudo más en su ánimo, y dijo con simplicidad:
—No... no tenía mal aspecto. Era otro. Tal vez el uniforme; tal vez su tristeza al marchar solo, completamente solo, sin una mano que estrechase la suya. Yo tardé en conocerle. Al ver á mi hermano se aproximó; pero luego, viéndome á mí, siguió adelante... ¡Pobre! ¡Me da lástima!
Su instinto femenil debió indicarle que hablaba demasiado, y cortó bruscamente su charla. El mismo instinto le avisó igualmente por qué razón el rostro de Julio se ensombrecía y su boca tomaba el pliegue de una sonrisa amarga. Quiso consolarle, y añadió:
—Por suerte, tú eres extranjero y no irás á la guerra. ¡Qué horror si te perdiese!...
Lo dijo con sinceridad... Momentos antes envidiaba á los hombres, admirando la gallardía con que exponían su existencia, y ahora temblaba ante la idea de que su amante pudiera ser uno de ellos.