Doña Elena, al sorprender fragmentariamente estos delirios de su sobrina, elevaba los ojos al cielo, absteniéndose en adelante de comunicarle sus opiniones, que reservaba enteras para la madre.

La indignación de don Marcelo tomaba otra forma cuando su esposa le repetía las noticias de su hermana. ¡Todo mentira!... La guerra marchaba perfectamente. En la frontera del Este, los ejércitos franceses habían avanzado por el interior de Alsacia y la Lorena anexionada.

—Pero ¿y Bélgica invadida?—preguntaba doña Luisa—. ¿Y los pobres belgas?

Desnoyers contestaba indignado:

—Eso de Bélgica es una traición... Y una traición nada vale entre personas decentes.

Lo decía de buena fe, como si la guerra fuese un duelo donde el traidor quedaba descalificado y en la imposibilidad de continuar sus felonías. Además, la heroica resistencia de Bélgica le infundía absurdas ilusiones. Los belgas le parecían hombres sobrenaturales destinados á las más estupendas hazañas... ¡Y él que no había concedido hasta entonces atención alguna á este pueblo!... Por unos días vió en Lieja una ciudad santa ante cuyos muros iba á estrellarse todo el poderío germánico. Al caer Lieja, su fe inquebrantable encontró un nuevo asidero. Quedaban muchas Liejas en el interior. Podían entrar más adentro los alemanes: luego se vería cuántos lograban salir. La entrega de Bruselas no le produjo inquietud. ¡Una ciudad abierta!... Su rendición estaba prevista: así los belgas se defenderían mejor en Amberes. El avance de los alemanes hacia la frontera francesa tampoco le produjo alarma. En vano su cuñada, con una brevedad maligna, iba mencionando en el comedor los progresos de la invasión, indicados confusamente por los periódicos. Los alemanes estaban ya en la frontera.

—¿Y qué?—gritaba don Marcelo—. Pronto encontrarán á quien hablar. Joffre les sale al paso. Nuestros ejércitos estaban en el Este, en el sitio que les correspondía, en la verdadera frontera, en la puerta de la casa. Pero éste es un amigo traidor y cobarde, que en vez de dar la cara entra por la espalda, saltando las tapias del corral, lo mismo que los ladrones... De nada le servirá su traición. Los franceses ya están en Bélgica y ajustarán las cuentas á los alemanes. Los aplastaremos, para que no perturben otra vez la paz del mundo. Y á ese maldito sujeto de los bigotes tiesos lo expondremos en una jaula en la plaza de la Concordia.

Chichí, animada por las afirmaciones paternales, se lanzaba á imaginar una serie de tormentos y escarnios vengativos como complemento de tal exposición.

Lo que más irritaba á la señora von Hartrott eran las alusiones al emperador. En los primeros días de la guerra, su hermana la había sorprendido llorando ante las caricaturas de los periódicos y ciertas hojas vendidas en las calles.

—¡Un hombre tan excelente... tan caballero... tan buen padre de familia! El no tiene la culpa de nada. Son los enemigos los que le han provocado.