Estaba ante las puertas del Casino. Por un lado iban llegando los que acababan de descender del ferrocarril; por otro, los que habían recogido los tranvías en todos los pueblos de la Costa Azul, desde Niza á Monte-Carlo.
Cantaba aquella tarde un tenor italiano célebre, y una parte de la muchedumbre, despreciando el juego por el momento, se aglomeraba en el teatro.
Lubimoff se vió atendido inmediatamente por dos graves señores de levita y corbata negras, con la cabeza descubierta: dos inspectores del Casino.
—¡Desolados, príncipe! Todo lleno; hasta en los pasillos hay gente.
Pero como era él, uno de los dos lo acompañó hasta el palco de los ministros de Mónaco. El gobernador del príncipe soberano le conocía y quiso cederle el mejor lugar; pero Miguel se mantuvo en segundo término, por miedo á la curiosidad del público.
Era un teatro sin pisos altos; una sala de espectáculos más ancha que profunda, con filas de butacas todas iguales y al mismo precio, y un escenario que servía para los conciertos y excepcionalmente para las representaciones teatrales. El mismo arquitecto de la Opera de París había repetido su abrumadora ostentosidad en esta sala: oro por todas partes, molduras, cariátides, espejos inmensos. No había un palmo de pared que no fuese de estuco labrado y dorado. En el muro del fondo, sobre las filas de butacas que se elevaban en acentuado declive, había cinco palcos, los únicos: el del príncipe soberano y los de sus dignatarios.
Miguel escuchó á los cantantes, mientras examinaba la apretada masa de público que podía distinguir desde su asiento. Reconoció á muchos en esta contemplación á vista de pájaro. Vió en las primeras filas una cabeza gris, con los cabellos partidos de la frente á la nuca y peinados hacia adelante hasta confundirse con unas patillas á la austriaca. Era el coronel, que escuchaba con cierta autoridad, balanceando el cráneo para conceder su aprobación al célebre tenor. Pero no estaba solo: le vió ladear el rostro hacia una cabellera rizada y una sarta de gruesas cuentas de ámbar. ¡Ah, traidor!... Indudablemente, la hija del jardinero. Por esto se había dado tanta prisa en huir: una exigencia de la aprendiza, deseosa de escuchar á aquel artista del que tanto hablaban las señoras. Cuando el grueso ruiseñor quedaba oculto entre bastidores, el coronel ofrecía á su protegida un cucurucho lleno de caramelos. ¡Caramelos en tiempo de guerra! Un verdadero derroche que sólo se podía permitir un enamorado.
En el entreacto, el príncipe se marchó furtivamente, temiendo encontrarse con don Marcos y que su presencia le amargase una tarde feliz. Además, no le interesaba la ópera ni aquel cantante tan alabado.
Atravesó el gran atrio de columnas de jaspe que sostienen una galería con balaustres rematados por candelabros de bronce. En un extremo, sobre tableros, estaban las últimas noticias. El príncipe las leyó sin curiosidad. «Nada; lo de siempre. Sigue la monótona guerra de trincheras. El terreno ganado ó perdido á metros. Esto no acabará nunca...»
Se deslizó entre los grupos que paseaban durante los entreactos, evitando que le viese el coronel. ¡Pobre Toledo! Iba gravemente orgulloso al lado de aquella protegida que podía ser su nieta. Miraba hostilmente á los jóvenes, mientras la muchacha, á sus espaldas, lanzaba ojeadas á todos los hombres con uniforme.